domingo, 21 de agosto de 2016

Introducción de una imposible entrevista a George Harrison




Ubicada en las afueras de Londres, Friar Park es inmensa. Al aproximarse a esa mansión nadie podría evitar sorprenderse. Tampoco ignorar el enorme cartel que reza en diez idiomas: “Privado, ¡aléjese!”. Su dueño no tarda nada en recibirme. Se lo nota algo cansado. Enseguida transita por el hermoso y descomunal jardín que el mismo creó.
Camina con sus botas de goma embarradas y una vieja azada al hombro, con su desgastado gorro verde de lana, observando cada uno de los árboles como si fueran sus hijos. Cuenta que fue un día parecido al de hoy, fresco y nublado, cuando descubrió, en 1997, un nódulo en su garganta mientras arreglaba el jardín. En agosto de ese año, en Italia, le extirparon el tumor que resultó ser maligno. En esa oportunidad hizo uso de su ironía tan “beatle” al declarar a la prensa que “probablemente grabe una canción titulada Radiation Therapy”.
Adentro, en el living principal de la impresionante morada, hay un gigantesco sillón rosa. El “beatle silencioso”, como lo llamaba el periodismo en los setenta debido a su hermetismo, charla por teléfono con las personas involucradas en el nuevo y flamante relanzamiento de All Thing Must Pass, aquel exitoso e inmejorable debut solista de 1970, considerado aún hoy, por los expertos en materia rockera, como el mejor registro personal de un ex beatle.
Fascinantes objetos hindúes decoran el lugar, las paredes están adornadas con fotos de la familia, con cuadros (uno de los cuales está firmado por el artista plástico y cineasta estadounidense Andy Warhol, muerto en 1987) y con dibujos firmados por Dhani, su único hijo, nacido el 1 de agosto de 1978. Un sitar (instrumento musical de origen indio que conoció el autor de Something en su primer viaje a la India, en 1967, y con el cual quedó maravillado) descansa solitario en un rincón de la casa.
Su señora, la mexicana Olivia Arias, que conoció al ex guitarrista de The Beatles mientras este montaba Dark Horse Records (sello discográfico de su pertenencia), y con el que se casó en septiembre de 1978, le sirve en forma delicada un té.
El hombre que compartió escenarios y estudios de grabación con grandes músicos como Bob Dylan, Eric Clapton, Carl Perkins o Ravi Shankar (el maestro hindú que le enseñó los secretos del sitar); el que organizó el primer recital benéfico de la historia del rock: el Concierto para Bangladesh, realizado en 1971 en el estadio de Nueva York más importante, es decir, el Madison Square Garden; el viejo compañero de aventuras de John, Paul y Ringo; el guitarrista del grupo musical más importante del siglo XX; el creador de My Sweet Lord y While My Guitar Gentil Weeps, entre otros tantos clásicos, se sienta en el desmesurado sillón rosa y masculla: “Esto se lo digo a cada periodista desde hace casi treinta años, ¡no me preguntes que se siente ser un ex beatle! ¡Basta con eso! ¡Por favor te lo suplico! Fue lo máximo y a otra cosa”. Enseguida, George Harrison sonríe.



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