sábado, 21 de febrero de 2015

Paolo Luiggi Reginato




Nació en Castelcucco, Italia,  el 19 de junio de 1913. Hijo de Anunziata Migliorini y Giusepe Reginato, tuvo once hermanos. Luisa, una de sus hermanas mayores, emigró a la Argentina antes de la Segunda Guerra Mundial.
Hizo la escuela primaria hasta sexto grado y después tuvo que dejar. Sin embargo, con el tiempo, se convertirá en un gran lector.
Hasta cumplir veintiún años vive en Castelcucco y allí trabaja en el campo de su padre, donde aprende a destilar el vino hasta sacar grapa (el pueblo donde nació se encuentra muy cerca del Monte Grapa, que le da nombre a la bebida). Tenían ganado, sembradíos y también operarios para realizar algunos trabajos.
Hacia 1919 muchos chicos se dedicaban a juntar fierro viejo que quedaba de las batallas, que luego vendían como chatarra, ya que la situación económica en ese momento no era buena. Este será el primer trabajo de Paolo fuera de su casa.
Poco tiempo antes de la Segunda Guerra Mundial la familia pierde sus campos al salir el padre de Paolo como garantía a unos fabricantes de cal, cuya empresa quiebra. De la noche a la mañana se encuentran sin casa y sin trabajo, lo cual hace que todos deban trabajar, ahora como peones.
Por esa época nace la amistad con Giusepe Zanesco, quien luego sería su suegro.
Hace la colimba con varios años de atraso. Le toca ir a Abisinia, que era una posesión italiana en África, donde completa dos años de conscripción.
Cuando vuelve del servicio militar trabaja en la construcción del mausoleo en homenaje a los caídos durante la Primer Guerra Mundial, en el Monte Grapa. También en Bresanonne construyendo una usina eléctrica subterránea para varios países y, además, en un aserradero.
En 1939 es incorporado a un regimiento de artillería para participar de la Segunda Guerra Mundial. Lo envían con su regimiento al norte de África. A poco de iniciada la batalla es tomado prisionero de los ingleses junto a otros veinte mil italianos, en un lugar cercano a Tobruk (Libia). Desde allí lo envían en caravanas hasta Palestina, posesión inglesa en ese momento. Llegan a Belén en Navidad y los alojan en un campo de concentración. La gente del lugar les tiraba naranjas y cebollas, que eran recibidas por ellos como manjar y escondidas bajo la tierra.
Luego de un tiempo los mandan a otro lugar también dominado por los ingleses: la India. Otra vez en campo de concentración con un adicional: allí contrae la malaria, de la que logra salir bastante bien. De la India lo llevan hasta Hay, Australia. En ese lugar lo encuentra el fin de la guerra.
De su estancia en los campos de concentración, recordaba el grado de organización que tenían los ingleses, a quienes no apreciaba en lo más mínimo, al punto de no haber aprendido una sola palabra del inglés, a pesar de haber convivido con ellos unos siete años.
En esos años, él y compañeros prisioneros, habían armado una pequeña destilería de grapa clandestina y hasta habían planeado una fuga de campo que no llegó a concretarse. En la etapa final de su prisión les permitían trabajar en granjas, para hacer más llevadera la cosa.
Al finalizar la guerra debió permanecer un año más en Australia debido a que el gobierno italiano no contaba con buques para buscar a los prisioneros de guerra. Por esta razón decide emigrar ni bien le sea posible.
Le habían ofrecido quedarse en Australia. Le daban casa, trabajo y vehículo, pero como fue su último lugar de prisión y él odiaba todo lo que estuviera vinculado con Inglaterra, les dio un rotundo “no” como respuesta.
Cuando llegó a su tierra de origen no quedaba nada: Italia estaba totalmente destruida, no había trabajo, la pobreza era enorme, y hasta había desaparecido uno de sus hermanos en Rusia durante la guerra. Frente a ese panorama, decidió en 1948 partir a la Argentina, ya que tenía a su hermana Luisa radicada en Villa Arias, cerca de Bahía Blanca, sur de la provincia de Buenos Aires. En ese lugar se instaló. Construyó con sus propias manos una casa, trabajó en una mina de arena, y se empezó a cartear con su novia Antonieta Zanesco, que había quedado en Italia.
En 1951 se casa con Antonieta por poder. Ella llega a la Argentina recién al año siguiente porque pierde el barco que el gobierno argentino (de Juan Domingo Perón) había mandado a construir en Italia y en su primer viaje a la Argentina traería gratuitamente a familiares de empleados del estado.
En 1953, en Villa Arias, nace la primera hija de ambos: Juana María Reginato.
Durante algunos años tuvo un criadero de pollos (llegó a tener alrededor de quinientos), con la intención de poder dedicarse de lleno cuando se jubilase. Pero en tiempos en que era ministro de Economía Martínez de Hoz tuvo que cerrar a raíz de que se importaban huevos de Israel —que eran mucho más baratos— y esto hizo que las ventas cayeran y fuera imposible comprar el alimento necesario para las gallinas.
Consiguió luego un trabajo como civil en la Base Naval Puerto Belgrano —en la panadería—, y nuevamente pudo levantar con sus manos otra vivienda, esta vez en la ciudad de Punta Alta, donde nacieron el resto de sus hijos: Adelia, José, Juan y Daniel. Permaneció en esa casa hasta el final de su vida.
Peronista de alma,  hizo los trámites para poder votar como extranjero porque sostenía que si vivía en la Argentina tenía que votar en su país de adopción.
Don Pablo, como se lo conocía en Punta Alta, se movilizaba siempre en bicicleta. Era muy querido por los vecinos, cultivaba su quintita, y regalaba verduras a todos.
En una oportunidad se le ocurrió comprar incubadoras y criar pollitos. Antonieta le decía que eso no iba a funcionar, pero él siguió adelante. Hasta que el emprendimiento se fundió.
Colaboró con los problemas del barrio. Por eso, entre otras cosas, formó parte de la Cooperadora de una escuelita, donde estudiaron sus hijas Juana y Adelia. Allí trabajó muchísimo, y era común que se peleara con algunos, porque defendía lo que a él le parecía que era lo correcto. En el patio de la escuela, las noches más calurosas, proyectaban películas a las que asistían las familias del barrio.
En los veranos iba con su familia de excursión a Pehuen-Có, una playa cercana a Punta Alta. Tanto le gustó el lugar a Paolo, que adquirió un terreno. Cuando falleció estaba por inaugurar una casa que entre él y su hijo José habían logrado levantar luego de años de esfuerzo.
Los domingos, Don Pablo amasaba la pasta y Antonieta preparaba el tuco. Nunca faltaba algún invitado.
Cuando le llegó la jubilación, en 1983, viajó por primera vez a Italia, después de cuarenta años de ausencia, donde fue recibido como un duque por sus hermanos. Cuando volvió a la Argentina, empezó a tener algunos problemas. Un día, a fines de 1985, estaba leyendo el diario y se dio cuenta de que no veía de un ojo. Acudió a una consulta médica y le dijeron que padecía un derrame. De a poco fue empeorando hasta que quedó internado, y falleció el 18 de enero de 1986, a los 72 años, en la ciudad de Punta Alta. Su familia entera y todo el barrio lo lloraron.



***

Noviembre 1999

No hay comentarios:

Publicar un comentario