
La década del ochenta retorna con ímpetu como contenedor de sus relatos, la riega de matices, se despereza y renace en su prosa. Pol da en la tecla e interpela a quien lo lee. Rememora sus historias con la destreza de un gran escritor y el regocijo de un niño en el recreo. Rasguea y canta bajo una ducha con el agua del calefón a medida. Sus frases tienen la musicalidad de una canción que reza en su bordón: “Los ochenta fueron el estribillo del siglo veinte”. El autor se corre de la figura del héroe, sus personajes desfilan y toman la posta con imperfecciones y tropiezos como forma de hacer frente a la vida.
Pablo relata con el rigor de quien llevó un registro mental de cada detalle vivido y se descubre jugando con playmobil entrada su adolescencia. ¿Y qué? Uno se reconoce en sus historias merebianas: el estoicismo de aceptar una calvicie ineludible, la expectativa hasta el final de una película en una sala despoblada, maldiciones gitanas, un gol fantástico que tendrás que revelar. Los invito a indagar en sus recuerdos a través de este libro. Pablo Mereb lo hace con la hidalguía de quien no ha desatendido su última partida, que no renuncia a dejar de jugar. Un escritor cabal que lucha internamente para no perder la libertad de la infancia.
Raúl Haurat
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