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viernes, 9 de marzo de 2018

Prólogo (publicado en La sexualidad de los playmobil -Textos Intrusos [2017]-)



por Amalia Boccazzi

Una tímida palabra pone la llave en la cerradura y espera que otras palabras choquen con ella para vestirla y desvestirla. Maltratarla y mimarla. Achicarla y agrandarla. Y así abrir las puertas de una historia.
Estas palabras que hoy tengo entre mis manos escritas con libertad, despojadas de prejuicios, palabras jóvenes, frescas, graciosas, precisas, dulces, ácidas, palabritas, palabrotas, braspalas, cuentan historias. Historias escritas con un estilo muy merebiano: simples y profundas. Queribles desde el comienzo, cuando nos recibe un personaje entrañable, la supernona, capaz de dirigir una familia con la creatividad e inteligencia de un director de orquesta. Ella es la que nos invita a viajar por las páginas de un libro que es tan original como su título: La sexualidad de los playmobil.

            Pablo Mereb, un abridor de historias, mi querido alumno de 1° y 2° grado, ha dejado entre mis manos su nuevo libro, así como dejaba su cuaderno sobre mi escritorio para que yo leyera sus cuentos que eran excelentes.
            Con la emoción intacta y agrandada, al ver su nombre impreso en un libro de su autoría, y el orgullo renovado, quiero hacerle mi devolución:
                                                   
            Nota final: ¡¡¡¡Sobresaliente!!!!
            Deseo de todo corazón que tus palabras sigan chocando y soltando chispas de futuras historias. Aquí encontrarás una fiel lectora.

viernes, 30 de diciembre de 2016

Prólogo (publicado en El mundo amaba a otras personas -Textos Intrusos [2015]-)



3 Camellos - El Monstruo


por Gustavo A. Sarmiento

Cuenta la historia que llega un tipo a su casa y
encuentra a su mujer encamada con su analista. El
marido recién arribado se pone como loco. Entonces
su psicólogo, aún en bolas sobre el colchón, sin dejar
de tocar a la mujer, le dice: “Tranquilo, Gómez. Esto
no es lo que usted piensa”. Y Gómez le responde: “Con
usted siempre lo mismo. Nunca nada es lo que yo
pienso”. El cuento, más allá de reflejar cierta vicisitud
privada y una tesis sobre la psicología hecha haiku,
muestra una particularidad muchas veces naturalizada,
pero no por eso menos importante: a menudo, los
reveses de la vida cotidiana vienen acompañados del
humor. El humor, entonces, es catalizador o cumple la
función-espejo de señalarnos lo agrio de la realidad que
tenemos enfrente; con el doble filo de la risa o el llanto,
más bien, todo es necesario. En el día a día, uno se
puede cruzar habitualmente con escenas así, tan irónicas
como ácidas. Tan amargas como adorables. Este libro
tiene la virtud de combinar ese cóctel en un mundo
literario de ficción, porque es ficción, pero bien se podría
encontrar a la vuelta de tu esquina, de tu pueblo, de tu
mundo, envuelto en otro envase, en otros dichos, en
otra esposa o en otro psicólogo; está ahí, aguardando
paciente en reposera, con malla y bronceador, la bomba
del fin del mundo.
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La segunda virtud es que se puede leer de manera
fluida, como un pentagrama de Los Beatles. Y a no
confundir fluidez con simpleza. Es mucho, pero mucho,
más difícil, escribir algo natural que algo que de tan
artificioso se hunde en la pesadez. Nadie nos obliga a
leer un libro. No hay nada más fácil que dejar de leer un
libro. Uno en el cine o en el teatro tiende a seguir la
obra aunque no le guste, y en esos casos intenta llegar
como sea a lo más próximo del final. Incluso con un
DVD viéndolo en la cama pasa algo parecido. Un libro,
en cambio, es él y vos, y si la relación no va, pasás a
otro, como un mal amante, hasta encontrar el libro que
te retenga, porque la lectura es un acto de seducción.
Las palabras seducen o generan indiferencia. He ahí la
virtud de quien escriba, el lector que se le aparece en
sueños con porte de fantasma todopoderoso. Y que el
azar contribuya también, con su buen porcentaje.
En esos próximos cuentos, que forman una novela
con hilos (a veces indivisibles, o invisibles, que no es lo
mismo) entrecruzando cada historia, todo pasa de una
rutina plácida o amarga al precipicio, del miedo o enojo
a la novedad que atrapa, como un acto de magia, en
giros tarkovskianos, pero de un Andrei que viva
cotidianamente en el barrio de Balvanera, ese gigante
que todo lo mira y todo lo consume.
Este libro logra esa fluidez porque interpreta un
lenguaje que está ahí vagando por la calle. Que puede
pasar de descripción a narración esotérica, donde ni el
propio autor termina de creer lo que está viendo, porque
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el autor es uno más en la escena. Está ahí, como otro
sujeto de la historia, contándonos lo que ve, e incluso
agregando comentarios como si estuviésemos al lado
suyo (lo que cualquiera de nosotros —le— diría). Todo
en modo-urbano. Porque la Ciudad aparece como inicio
de todo, y muchas veces como culpable de engendrar
esos personajes o esas situaciones. Entonces, como en
cualquier urbe o como en ninguna, surge la desilusión
tan fácil como la felicidad, el desamor, la búsqueda, el
temor a la muerte, lo frágil, el movimiento constante.
Aparecen los que dicen hacer milagros, la lluvia siempre
ahí detrás nuestro, los payasos que caen, los monstruos.
Y aquí me deposito dos segundos: el monstruo. El
monstruo de ser uno, en las hojas, el monstruo podés
ser vos, la ciudad, la televisión, la guerra o las bombas.
Los dueños de medios, los políticos. Porque el monstruo
habita en todos, como la ansiedad; el problema es
cuando uno lo despierta o no le pone el freno, y entonces
la ansiedad se vuelve trastorno, y el monstruo se vuelve
carne. El libro también tiene la virtud de mostrarnos
que el monstruo y la carne habitan en cada uno, y cada
uno habita con monstruos y con su carne.
Aparecen el sexo mundano, las puteadas, el lunfardo.
Esa es la otra clave de la decodificación. El lenguaje
que interpela uno a uno. Él y vos. Yo y él. Todos
nosotros. Aparecen la música, las citas pop, la regla de
tres simple, lo imprevisto. Están las mujeres, los pechos,
pero sobre todo, están las palabras. Las reinas de las
imágenes. Dependemos de las palabras, seguimos
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dependiendo de ellas, para conocer el mundo. O para
interpretarlo (quizá sea esa una de las razones para leer
un libro). Y ahí están las palabras en estos textos,
diciéndonos que no siempre es lo que creemos. Que el
mundo amaba a otras personas.

domingo, 21 de agosto de 2016

Introducción de una imposible entrevista a George Harrison




Ubicada en las afueras de Londres, Friar Park es inmensa. Al aproximarse a esa mansión nadie podría evitar sorprenderse. Tampoco ignorar el enorme cartel que reza en diez idiomas: “Privado, ¡aléjese!”. Su dueño no tarda nada en recibirme. Se lo nota algo cansado. Enseguida transita por el hermoso y descomunal jardín que el mismo creó.
Camina con sus botas de goma embarradas y una vieja azada al hombro, con su desgastado gorro verde de lana, observando cada uno de los árboles como si fueran sus hijos. Cuenta que fue un día parecido al de hoy, fresco y nublado, cuando descubrió, en 1997, un nódulo en su garganta mientras arreglaba el jardín. En agosto de ese año, en Italia, le extirparon el tumor que resultó ser maligno. En esa oportunidad hizo uso de su ironía tan “beatle” al declarar a la prensa que “probablemente grabe una canción titulada Radiation Therapy”.
Adentro, en el living principal de la impresionante morada, hay un gigantesco sillón rosa. El “beatle silencioso”, como lo llamaba el periodismo en los setenta debido a su hermetismo, charla por teléfono con las personas involucradas en el nuevo y flamante relanzamiento de All Thing Must Pass, aquel exitoso e inmejorable debut solista de 1970, considerado aún hoy, por los expertos en materia rockera, como el mejor registro personal de un ex beatle.
Fascinantes objetos hindúes decoran el lugar, las paredes están adornadas con fotos de la familia, con cuadros (uno de los cuales está firmado por el artista plástico y cineasta estadounidense Andy Warhol, muerto en 1987) y con dibujos firmados por Dhani, su único hijo, nacido el 1 de agosto de 1978. Un sitar (instrumento musical de origen indio que conoció el autor de Something en su primer viaje a la India, en 1967, y con el cual quedó maravillado) descansa solitario en un rincón de la casa.
Su señora, la mexicana Olivia Arias, que conoció al ex guitarrista de The Beatles mientras este montaba Dark Horse Records (sello discográfico de su pertenencia), y con el que se casó en septiembre de 1978, le sirve en forma delicada un té.
El hombre que compartió escenarios y estudios de grabación con grandes músicos como Bob Dylan, Eric Clapton, Carl Perkins o Ravi Shankar (el maestro hindú que le enseñó los secretos del sitar); el que organizó el primer recital benéfico de la historia del rock: el Concierto para Bangladesh, realizado en 1971 en el estadio de Nueva York más importante, es decir, el Madison Square Garden; el viejo compañero de aventuras de John, Paul y Ringo; el guitarrista del grupo musical más importante del siglo XX; el creador de My Sweet Lord y While My Guitar Gentil Weeps, entre otros tantos clásicos, se sienta en el desmesurado sillón rosa y masculla: “Esto se lo digo a cada periodista desde hace casi treinta años, ¡no me preguntes que se siente ser un ex beatle! ¡Basta con eso! ¡Por favor te lo suplico! Fue lo máximo y a otra cosa”. Enseguida, George Harrison sonríe.



sábado, 28 de febrero de 2015

Introducción (publicada en El mundo amaba a otras personas -Textos Intrusos [2015]-)




1986. Primaria. Segundo grado. Turno tarde. Amalia nos enseñaba a sumar y restar, nos enseñaba a leer y escribir, nos enseñaba a volar.
Tarea: hacer un cuento. Dice la leyenda que no fue el primer cuento que escribí, pero sí el primero que recuerdo que escribí. ¿De qué iba? No quiero mentir, pero los temas que en ese momento me interesaban tenían que ver con superhéroes y supervillanos, el bien y el mal, la lucha en el espacio infinito, disputas en galaxias lejanas, naves espaciales, rayos láser, injusticias, amistad, tristeza, alegría, amor, odio. Era un relato larguísimo, eso seguro. Hojas y hojas ocupadas con esa letra tan, pero tan enorme (mi marca registrada a mediados de los ochenta).
Todo el grado cumplió con la tarea. Algunos rezongando; otros dispuestos al juego. A la docente que
más me marcó se le ocurrió que debíamos votar por el mejor cuento del aula. Voté a Emanuel, una especie de contrincante en aquellos tiempos; algo así como mi rival natural.
Petiso, flaco, ojos celestes, cabello dorado; corte tipo pelela, onda “príncipe valiente”, muy de moda en aquellos tiempos. Se llevaba todas las miradas. Lo solían elegir para protagonizar los actos escolares. Y casi siempre al lado de esa preciosa morochita de pelo bien cortito y ojos achinados llamada Aluminé. Emanuel fue Belgrano, Sarmiento, San Martín y Colón. Yo siempre hacía de la contrafigura, era Malo 1. Era el escollo a vencer, el más difícil. Amaba el papel de antagonista. No me importaba perder, pero ansiaba ser el último derrotado; quería caer con dignidad, ser el hueso más
duro de roer; me cabía hacer del vencido pero con una condición: que el prócer o conquistador ese del orto no se la llevase tan de arriba.
Creo que lo voté porque me parecía una cosa ética votar por mi rival, reconocerlo como alguien valioso, alguien a respetar. En mi ingenuidad total juro que pensaba que Ema iba a votar por mí. La cuestión es que él también se votó. Y la votación terminó 10 a 10. En un grado de veintipico, el resto de los contrincantes había quedado muy lejos.
Amalia dictaminó empate. Ahora, a desempatar. Segunda vuelta. Balotaje. Mis amigos, que se agarraron la cabeza cuando les conté a quién había votado, me aconsejaron que esta vez no sea tonto y me vote a mí mismo, que no pasaba nada, que valía, que no sea gil de goma.
No recuerdo los números finales, pero lo cierto es que perdí. Mis amigos atribuyeron la derrota a que el rubio de cabellos dorados era más lindo y por eso recibió el voto de todas las chicas, aparte del de sus amigos.
Aquella y otras actividades provocaron que garabatee por mi cuenta miles de historias.
Por ayudarnos a dar esos primeros pasos, por ese enorme amor por la docencia, ¡gracias Amalia Boccazzi!
Y no quiero dejar afuera de los agradecimientos primarios al mejor narrador de historias que conocí: el maestro bibliotecario José “Pepe” Lubrano. ¡Ma qué Laiseca, ni Laiseca!

Y llegó la Secundaria. Mis cinco oscuros años literatos. Lengua, en primero y segundo; Literatura, de
tercero a quinto; ambas dictadas por el mismo profesor. Hombre del período jurásico, nacido un par de horitas antes que el Tiranosaurio Rex.
Primera actividad del primer año: continuar un cuento que este educador de otro tiempo había
empezado. La parte de él terminaba con que el niño protagonista perdía en un concurso de barriletes. Bueno, mi continuación ocupó dos hojas, donde al protagonista lo hice bailar con situaciones una más increíble y surrealista que la otra. Pensaba que había sido mi mejor creación.
Terminado el asunto de la escritura, llegó la hora de la lectura. Mi turno. Estaba nervioso, pero lo saqué adelante. ¿Nota? El añejo pedagogo me encajó un 1 (uno). ¿Por? Por fantasioso, por inducir a la guarangada (en un pasaje, el personaje simplemente estaba haciendo “algo raro detrás de un árbol”), por…, qué sé yo, no recuerdo tanto; eso sí, mi protagonista las pasó feas y yo me lo pasé en grande escribiendo la historia.
Cuestión que luego leyó otro compa, cuyo texto consistió en un solo renglón que abarcaba la siguiente combinación de vocablos: “Pero el chico se fue feliz a su casa porque lo importante es competir”.
El anciano enseñante, que estuvo presente cuando Moisés abrió las aguas, consideró que ese texto estaba para un 6 (seis). “Cortito pero deja una buena enseñanza”, fue su motivo.
En tercer año, primer día de clase en Literatura, esta piedra en el zapato de la enseñanza argenta se dedicó a desmitificar escritores que para él eran un mal ejemplo a seguir. Tiró munición gruesa contra aquellos intelectuales que “tan mal le han hecho a la juventud de nuestro país”. Y la cerró con una frase que jamás olvidaré, porque fue reveladora:
—Bukowski era borracho. Kafka era drogadicto. Oscar Wilde era puto. —Hizo una breve pausa, arrojó una mirada aleccionadora y retomó—: Bueno, ahora pasemos a la literatura española católica apostólica romana de los siglos…
Luego de aquella clase, sólo quise buscar información acerca de esos autores, que hoy se encuentran entre mis favoritos.
En fin, no hay que ser rencoroso en la vida. Recordado preceptor de Adán y Eva, momia del saber,
inolvidable vegete autóctono, geronte antediluviano, compañerito de banco de Dios, ¡gracias!
Quizás a vos también te gustaba calzarte el traje de villano. Y esa fue tu particular estrategia para que
muchos decidamos adentrarnos en fabulosos mundos.

En 1999 llegaría Taller de Expresión I (Ciencias de la Comunicación, UBA), dictada por Claudia Vespa (la primera versión de El Monstruo fue mi trabajo final en esa materia). En 2007, Valeria Iglesias con su taller de escritura creativa (por lejos, el más lindo de los talleres a los que asistí). En 2013, los consejos de la escritora y editora Virginia Janza (la gran poetisa de Ileven). En 2015, las lecturas y devoluciones de Marcelo Criado (él sí me votó), la invitación de Daniel Enriquez a esa
presentación de libro (siempre tirando la posta El Dany), la sugerencia de Fabián Rodrigo, la confianza de Hernán Casabella, el diseño de tapa y contratapa de Mariano Escribal (¡no soy digno!), el prólogo de mi primo Gustavo Sarmiento (el mejor escritor de la flia), y el apoyo de mamá Gianna, papá Alfonso, hermano Martín y bocha de parientes.
Para el que tenga curiosidad, acá están diez de mis cuentos. Algunos tienen ideas que arrastro desde la infancia; otros, desde la adolescencia. Están los creados a partir de derrotas, decepciones y trabajos mal pagos. Pasen y lean.
Salvo que hayan encontrado en Facebook a Emanuel y prefieran pasarse los días viendo sus fotos. No los culpo. Debe estar hermoso.