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domingo, 21 de agosto de 2016

Introducción de una imposible entrevista a George Harrison




Ubicada en las afueras de Londres, Friar Park es inmensa. Al aproximarse a esa mansión nadie podría evitar sorprenderse. Tampoco ignorar el enorme cartel que reza en diez idiomas: “Privado, ¡aléjese!”. Su dueño no tarda nada en recibirme. Se lo nota algo cansado. Enseguida transita por el hermoso y descomunal jardín que el mismo creó.
Camina con sus botas de goma embarradas y una vieja azada al hombro, con su desgastado gorro verde de lana, observando cada uno de los árboles como si fueran sus hijos. Cuenta que fue un día parecido al de hoy, fresco y nublado, cuando descubrió, en 1997, un nódulo en su garganta mientras arreglaba el jardín. En agosto de ese año, en Italia, le extirparon el tumor que resultó ser maligno. En esa oportunidad hizo uso de su ironía tan “beatle” al declarar a la prensa que “probablemente grabe una canción titulada Radiation Therapy”.
Adentro, en el living principal de la impresionante morada, hay un gigantesco sillón rosa. El “beatle silencioso”, como lo llamaba el periodismo en los setenta debido a su hermetismo, charla por teléfono con las personas involucradas en el nuevo y flamante relanzamiento de All Thing Must Pass, aquel exitoso e inmejorable debut solista de 1970, considerado aún hoy, por los expertos en materia rockera, como el mejor registro personal de un ex beatle.
Fascinantes objetos hindúes decoran el lugar, las paredes están adornadas con fotos de la familia, con cuadros (uno de los cuales está firmado por el artista plástico y cineasta estadounidense Andy Warhol, muerto en 1987) y con dibujos firmados por Dhani, su único hijo, nacido el 1 de agosto de 1978. Un sitar (instrumento musical de origen indio que conoció el autor de Something en su primer viaje a la India, en 1967, y con el cual quedó maravillado) descansa solitario en un rincón de la casa.
Su señora, la mexicana Olivia Arias, que conoció al ex guitarrista de The Beatles mientras este montaba Dark Horse Records (sello discográfico de su pertenencia), y con el que se casó en septiembre de 1978, le sirve en forma delicada un té.
El hombre que compartió escenarios y estudios de grabación con grandes músicos como Bob Dylan, Eric Clapton, Carl Perkins o Ravi Shankar (el maestro hindú que le enseñó los secretos del sitar); el que organizó el primer recital benéfico de la historia del rock: el Concierto para Bangladesh, realizado en 1971 en el estadio de Nueva York más importante, es decir, el Madison Square Garden; el viejo compañero de aventuras de John, Paul y Ringo; el guitarrista del grupo musical más importante del siglo XX; el creador de My Sweet Lord y While My Guitar Gentil Weeps, entre otros tantos clásicos, se sienta en el desmesurado sillón rosa y masculla: “Esto se lo digo a cada periodista desde hace casi treinta años, ¡no me preguntes que se siente ser un ex beatle! ¡Basta con eso! ¡Por favor te lo suplico! Fue lo máximo y a otra cosa”. Enseguida, George Harrison sonríe.



lunes, 1 de agosto de 2016

Buscando escándalos en la oscuridad




Buenos Aires.- 19 de septiembre de 2005.

Falta poco para que empiece la película. Un amigo y una prima, con los que había quedado en encontrarme, aún no llegaron.
Es lunes a la noche, voy a la boletería y allí me entero que no traje mi libreta universitaria, por lo que la entrada en vez de costarme cinco pesos, me saldrá ocho. Deseo ver la última película de Pino Solanas, tengo el dinero, así que pago y entro a la Sala 1 del cine Cosmos. La última vez que entré acá fue en el marco del BAFICI (Festival de Cine Independiente de Buenos Aires), abril 2005, para ver un documental sobre la mítica película porno Garganta profunda.
Soy muy fan del Cosmos. Ves películas que prácticamente no pasan en ningún otro cine. Empezó llamándose Cine Cataluña en 1929. En la década del sesenta ya se había convertido en Cine Cosmos 70 y pasaba mucho cine soviético y de vanguardia en general.
Una vez adentro, miro a mi alrededor y sólo veo a cuatro personas. Un pibe con rastas y barba larga, piernas y brazos peludos, sentado en un extremo de la última fila, con las gambas apoyadas en los respaldos de los asientos de adelante. Una chica rubia, de pelo bien cortito y anteojos redondos, que se acomoda casi en el medio de la sala y se está terminando de manducar un alfajor Jorgito de chocolate. Por último, un señor y una señora mayores que se encuentran estáticos, a un costado de la segunda fila. La mujer, toda maquillada, lleva un tapado de piel. El hombre, con poco pelo, todo engominado, luce saco y corbata. Me siento en la última fila, al medio, como casi siempre.
Empieza la película. Lo primero que me sorprende son los subtítulos en italiano que acompañan las imágenes. En general, aquí en el Cosmos, las películas en idioma castellano suelen ir con subtítulos en inglés.

Si hay una razón por la que me gusta ver obras de este realizador argentino es porque sé que, al contrario de muchos de sus colegas, genera sentimientos extremos sobre el público. Cuando vi en un cine del centro, su último largometraje de ficción, La Nube, mucha gente se retiró en la mitad de la película. Al final, hubo un par de silbidos y muchos aplausos de pie. Reacciones tan fuertemente inversas, sólo las recuerdo en películas del director estadounidense David Lynch, del iraní Abbas Kiarostami, del argentino Lisandro Alonso y del más abucheado, el más festejado, el más esnobeado, en definitiva el dueño de las reacciones más extremas: el danés Lars Von Trier.
Recuerdo cuando el danés estrenó Idioterne (1998) en el Metro de la calle Cerrito. El argumento central consistía en unos tipos que se hacen pasar por idiotas y se aprovechan de esa situación. Hay sexo explícito. Una señora, con un saco, un peinado y unos anteojos muy recoletos, se levantó en la mitad de la sala y gritó: “¡Es una vergüenza que pasen esto en mi país!”. En Breaking the waves (1996) dos tercios de los que asistieron a la sala 3 del Monumental de Lavalle se fueron antes del final. Cuando pasaron Dogville (2003) el tipo era más conocido así que apenitas la mitad de los que estaban en la 2 del Lorca partió antes del The End. De todos modos, la peli que se lleva hasta el día de la fecha el premio a “la más perturbadora de Lars” (y eso es decir mucho) es, claro está, Dancer in the dark (2000). La vi en la sala Lugones del teatro San Martín. La pantalla permanece en negro los primeros cinco minutos, mientras una melodía poco a poco va aumentando su volumen. Durante ese lapso un pibe gritó: “Claro, ‘Bailarina en la oscuridad’, ahora entendí el título”; todos rieron y el mismo pibe completó: “Espero que no se así las dos horas veinte”. Por suerte no fue así. Acabados esos desconcertantes minutos el film arrancó. Ahora la oscuridad estaba en el argumento. Björk gritaba y sufría terriblemente, se quedaba ciega, pataleaba, golpeaba la cabeza de un tipo contra el piso, y tenía un final sin posibilidad de redención alguna. Cuando se encendieron las luces no me sorprendió ver menos gente que cuando empezó el film, lo que me llamó la atención fueron los espectadores que estaban llorando; dos pibas de veintitantos, un chabón de cuarenta y algo, una señora de sesenta y pico, todos moqueaban y se abrazaban con otros.

Esta vez, con tan escasa cantidad de personas, no puedo esperar demasiado alboroto. Pero, cada tanto, bajo la mirada y observo. La chica de pelo corto se ríe fuerte ante cada ironía que sale de la voz en off de Pino. El pibe de las rastas sólo cambia de posición sus piernas y bebe, con sorbete, una gaseosa de marca desconocida. Lo más llamativo de los asistentes lo encuentro definitivamente en la pareja sentada en la segunda fila: no paran de hablar (cosa que detesto que hagan cuando voy al cine). Ella tose muy seguido y lanza frases como: “¡y dale con los piqueteros!”. “¿Las otras voces?”, grita él. Si bien es cierto que en toda la película se oye una sola voz en contra de las acciones que realizan los protagonistas (casualmente se trata de una señora mayor que se queja de una movilización piquetera) está claro que no era la intención del autor darle la voz a todas la voces todas, sino a los que él considera perjudicados por el sistema.
Uno de los detalles clave tiene que ver con presentar las historias de los denominados “nadies” mediante coplas populares (recitados en verso). Este recurso ya lo había utilizado en Los hijos de Fierro (1975), donde también allí fue su intención darle voz a los ignorados por los medios de comunicación.
Títulos finales. La chica de pelo corto se levanta, tira el envoltorio del Jorgito al piso y se va con una sonrisa de oreja a oreja. El pibe de las rastas, dueño de un rostro inmutable, se queda mirando la pantalla para leer los rubros técnicos de la peli, mientras de su morral saca los elementos necesarios para armarse lo que presumo será un porrito. La pareja añeja se retira con evidentes gestos de fastidio y puteadas por lo bajo. Me voy conforme, pensando que me gustó más que su anterior largometraje, Memoria del saqueo (2003), que se parecía más a un producto televisivo. Creo que las pequeñas historias, el eje central de La dignidad de los nadies, son el terreno donde mejor se desenvuelve Solanas.
Salgo del Cosmos. Hay poca gente para la próxima función. No pasa naranja. ¿Será por la superposición en cartelera de tantas películas argentinas? ¿Será que a casi nadie le interesa el tema? ¿Será que ya pasaron hace mucho tiempo los días de gloria y popularidad de don Solanas? ¿Tendrá que ver con un estilo que sí, tal vez, se haga repetitivo, algo cansador y huela un poco demodé? Cualquiera sea la razón, lo concreto es que son muy pocos los que quieren ver a los “nadies”.

El año que viene está previsto el estreno de Manderlay, la nueva de Lars. Se exhibió en el festival de Cannes y no estuvo exenta de polémicas. La espero con ansias.


sábado, 21 de febrero de 2015

Paolo Luiggi Reginato




Nació en Castelcucco, Italia,  el 19 de junio de 1913. Hijo de Anunziata Migliorini y Giusepe Reginato, tuvo once hermanos. Luisa, una de sus hermanas mayores, emigró a la Argentina antes de la Segunda Guerra Mundial.
Hizo la escuela primaria hasta sexto grado y después tuvo que dejar. Sin embargo, con el tiempo, se convertirá en un gran lector.
Hasta cumplir veintiún años vive en Castelcucco y allí trabaja en el campo de su padre, donde aprende a destilar el vino hasta sacar grapa (el pueblo donde nació se encuentra muy cerca del Monte Grapa, que le da nombre a la bebida). Tenían ganado, sembradíos y también operarios para realizar algunos trabajos.
Hacia 1919 muchos chicos se dedicaban a juntar fierro viejo que quedaba de las batallas, que luego vendían como chatarra, ya que la situación económica en ese momento no era buena. Este será el primer trabajo de Paolo fuera de su casa.
Poco tiempo antes de la Segunda Guerra Mundial la familia pierde sus campos al salir el padre de Paolo como garantía a unos fabricantes de cal, cuya empresa quiebra. De la noche a la mañana se encuentran sin casa y sin trabajo, lo cual hace que todos deban trabajar, ahora como peones.
Por esa época nace la amistad con Giusepe Zanesco, quien luego sería su suegro.
Hace la colimba con varios años de atraso. Le toca ir a Abisinia, que era una posesión italiana en África, donde completa dos años de conscripción.
Cuando vuelve del servicio militar trabaja en la construcción del mausoleo en homenaje a los caídos durante la Primer Guerra Mundial, en el Monte Grapa. También en Bresanonne construyendo una usina eléctrica subterránea para varios países y, además, en un aserradero.
En 1939 es incorporado a un regimiento de artillería para participar de la Segunda Guerra Mundial. Lo envían con su regimiento al norte de África. A poco de iniciada la batalla es tomado prisionero de los ingleses junto a otros veinte mil italianos, en un lugar cercano a Tobruk (Libia). Desde allí lo envían en caravanas hasta Palestina, posesión inglesa en ese momento. Llegan a Belén en Navidad y los alojan en un campo de concentración. La gente del lugar les tiraba naranjas y cebollas, que eran recibidas por ellos como manjar y escondidas bajo la tierra.
Luego de un tiempo los mandan a otro lugar también dominado por los ingleses: la India. Otra vez en campo de concentración con un adicional: allí contrae la malaria, de la que logra salir bastante bien. De la India lo llevan hasta Hay, Australia. En ese lugar lo encuentra el fin de la guerra.
De su estancia en los campos de concentración, recordaba el grado de organización que tenían los ingleses, a quienes no apreciaba en lo más mínimo, al punto de no haber aprendido una sola palabra del inglés, a pesar de haber convivido con ellos unos siete años.
En esos años, él y compañeros prisioneros, habían armado una pequeña destilería de grapa clandestina y hasta habían planeado una fuga de campo que no llegó a concretarse. En la etapa final de su prisión les permitían trabajar en granjas, para hacer más llevadera la cosa.
Al finalizar la guerra debió permanecer un año más en Australia debido a que el gobierno italiano no contaba con buques para buscar a los prisioneros de guerra. Por esta razón decide emigrar ni bien le sea posible.
Le habían ofrecido quedarse en Australia. Le daban casa, trabajo y vehículo, pero como fue su último lugar de prisión y él odiaba todo lo que estuviera vinculado con Inglaterra, les dio un rotundo “no” como respuesta.
Cuando llegó a su tierra de origen no quedaba nada: Italia estaba totalmente destruida, no había trabajo, la pobreza era enorme, y hasta había desaparecido uno de sus hermanos en Rusia durante la guerra. Frente a ese panorama, decidió en 1948 partir a la Argentina, ya que tenía a su hermana Luisa radicada en Villa Arias, cerca de Bahía Blanca, sur de la provincia de Buenos Aires. En ese lugar se instaló. Construyó con sus propias manos una casa, trabajó en una mina de arena, y se empezó a cartear con su novia Antonieta Zanesco, que había quedado en Italia.
En 1951 se casa con Antonieta por poder. Ella llega a la Argentina recién al año siguiente porque pierde el barco que el gobierno argentino (de Juan Domingo Perón) había mandado a construir en Italia y en su primer viaje a la Argentina traería gratuitamente a familiares de empleados del estado.
En 1953, en Villa Arias, nace la primera hija de ambos: Juana María Reginato.
Durante algunos años tuvo un criadero de pollos (llegó a tener alrededor de quinientos), con la intención de poder dedicarse de lleno cuando se jubilase. Pero en tiempos en que era ministro de Economía Martínez de Hoz tuvo que cerrar a raíz de que se importaban huevos de Israel —que eran mucho más baratos— y esto hizo que las ventas cayeran y fuera imposible comprar el alimento necesario para las gallinas.
Consiguió luego un trabajo como civil en la Base Naval Puerto Belgrano —en la panadería—, y nuevamente pudo levantar con sus manos otra vivienda, esta vez en la ciudad de Punta Alta, donde nacieron el resto de sus hijos: Adelia, José, Juan y Daniel. Permaneció en esa casa hasta el final de su vida.
Peronista de alma,  hizo los trámites para poder votar como extranjero porque sostenía que si vivía en la Argentina tenía que votar en su país de adopción.
Don Pablo, como se lo conocía en Punta Alta, se movilizaba siempre en bicicleta. Era muy querido por los vecinos, cultivaba su quintita, y regalaba verduras a todos.
En una oportunidad se le ocurrió comprar incubadoras y criar pollitos. Antonieta le decía que eso no iba a funcionar, pero él siguió adelante. Hasta que el emprendimiento se fundió.
Colaboró con los problemas del barrio. Por eso, entre otras cosas, formó parte de la Cooperadora de una escuelita, donde estudiaron sus hijas Juana y Adelia. Allí trabajó muchísimo, y era común que se peleara con algunos, porque defendía lo que a él le parecía que era lo correcto. En el patio de la escuela, las noches más calurosas, proyectaban películas a las que asistían las familias del barrio.
En los veranos iba con su familia de excursión a Pehuen-Có, una playa cercana a Punta Alta. Tanto le gustó el lugar a Paolo, que adquirió un terreno. Cuando falleció estaba por inaugurar una casa que entre él y su hijo José habían logrado levantar luego de años de esfuerzo.
Los domingos, Don Pablo amasaba la pasta y Antonieta preparaba el tuco. Nunca faltaba algún invitado.
Cuando le llegó la jubilación, en 1983, viajó por primera vez a Italia, después de cuarenta años de ausencia, donde fue recibido como un duque por sus hermanos. Cuando volvió a la Argentina, empezó a tener algunos problemas. Un día, a fines de 1985, estaba leyendo el diario y se dio cuenta de que no veía de un ojo. Acudió a una consulta médica y le dijeron que padecía un derrame. De a poco fue empeorando hasta que quedó internado, y falleció el 18 de enero de 1986, a los 72 años, en la ciudad de Punta Alta. Su familia entera y todo el barrio lo lloraron.



***

Noviembre 1999

miércoles, 11 de febrero de 2015

El retorno de la dama blanca




Buenos Aires, 10 de mayo de 2002.

Marcela, la primer “estatua viviente” femenina de la Argentina, volvió a la calle Florida. Su regreso se produjo el viernes 10 de mayo, doce minutos antes del mediodía, luego de casi tres años de ausencia. Esta morocha, soltera, de 35 años, se ubicó a metros de la entrada principal de Galerías Pacífico.
           
            Recibió saludos de las chicas que trabajan en Cheeky, local de ropa para niños, y de un guardia de seguridad de Galerías Pacífico. También el de John, el personaje más antiguo de la cuadra. John, su verdadero nombre es Juan, trabaja como lustrabotas en la esquina de Florida y Córdoba hace más de 20 años.

            Marcela trabaja de “estatua viviente” desde hace diez años. Ernesto, uno de sus mejores amigos, fue pionero en el arte de pintarse de blanco las partes visibles del cuerpo y utilizar una vestimenta del mismo color. 
Ernesto viajó a España a comienzos de 1990 con la intención de estar un mes y conocer ese país. Y se quedó dos años.
Barcelona le cambió la vida. Allí descubrió dos formas de hacer arte desconocidas en Argentina. El arte de imitar estatuas, las denominadas “estatuas vivientes”, y la “performance de la disco”. La “performance de la disco” consiste en la actuación, que incluye canto y baile, de un grupo de personas que representan a determinados personajes según la ocasión. Por ejemplo: todos los artistas interpretan a distintos animales en “La Fiesta de la Selva”, nombre de uno de los tantos espectáculos. Se realiza en boliches, en diversos horarios de la noche.

Después de dos años de residencia en España decidió traer esas dos ideas a la Argentina. El espectáculo de la “performance de la disco” tuvo rápida aceptación en Buenos Aires. Para llevarlo a cabo contó con la ayuda de Marcela y de otros amigos.
El espectáculo de la “estatua viviente” no fue, en cambio, bien recibido. La primera vez que Ernesto se disfrazó de estatua se paró enfrente del Obelisco y recibió escupitajos e insultos. Intentó su show en La Boca, pero fue expulsado por los artistas plásticos.
           Finalmente pudo posicionarse, sin problemas, en Plaza Francia (en el barrio La Recoleta) junto con Marcela. Los curiosos dejaban varias monedas en las gorritas que ambos colocaban debajo de sus albinos pies.

            Luego de unos meses, ella mudó su espectáculo a la calle Florida. En ese sitio trabajó, sin días ni horarios fijos, desde 1996 hasta 1999. Ese último año abandonó Florida y su espectáculo debido a la pelea que tuvo con un colega.  
            Un día de junio de 1999, un hombre, con vestimenta dorada y maquillaje de idéntico color, posó al lado de ella. Marcela imaginó que ese hombre, de nombre Alejandro, era nuevo en esto. Entonces le explicó que “existen códigos que se deben respetar”, que su show lo podía hacer “unos metros más lejos”. El “hombre dorado” le había hecho bajar su recaudación debido a que, ahora, “la novedad era él”. Alejandro, 41 años, ex entrenador de vóley y ex profesor de Educación Física, le restó importancia a los reclamos de la “dama blanca” y siguió instalándose cerca de ella. La paciencia de Marcela duró un mes. Florida estaba repleta de vendedores y artistas, cada cual ocupaba un lugar específico, y “no quedaba otro espacio bueno en esa zona”; además, ese era “su lugar”, se lo había ganado.
            Abandonó Florida y su show callejero. Le dedicó más tiempo a la carrera que estudia, Profesorado de Expresión Corporal, y a depender del escaso sueldo que recibe trabajando en una empresa que vende computadoras. Sueldo que, hasta el año pasado, le alcanzaba para comer y pagar sus estudios. Hoy ya no le alcanza. Por esa razón ha decidido volver a la calle Florida.

            Marcela ahora sonríe. Le quedan dos materias para recibirse. Y Alejandro está, pero lejos.

 

Yanketruz, el trovador





Es tataranieto de un cacique ranquel, recorrió el mundo con su guitarra y fue amigo de Pablo Neruda. En la actualidad vende discos con recitales que dio en el exilio.

por Pablo Mereb


La sala de profesores de la facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (ubicada en Puán 480) es el lugar elegido para la entrevista. Ahí está, en la puerta, Yanquetruz (que en lengua mapuche significa “gente que va lejos y rápido”). Es algo obeso y de mediana estatura. Lleva su pelo hasta los hombros, la barba crecida, lentes gruesos pegados con cinta adhesiva, una chomba a rayas gastada, un pantalón vaquero y un bolsito negro.

Nació el 23 de abril de 1936 en Arequito, provincia de Santa Fe (el mismo pueblo de la cantante Soledad). Su padre era un descendiente de italianos que se dedicaba a la pintura decorativa de iglesias y mansiones en la ciudad de Buenos Aires. Un día decidió partir hacia el sur de Santa Fe. “Iba como aventurero y conoció a mi madre que era una indígena, bisnieta del famoso cacique Yanquetruz de la tribu de los ranqueles, tribu influenciada por los mapuches, que ocupaba la actual provincia de La Pampa, el sur de Córdoba y el sur de San Luis”, explica con entusiasmo.

Y amplía sobre su antepasado: “En 1836, a los 65 años, se enamoró de la hija adolescente de un cacique de la tribu. Y se tuvo que ir, porque eso estaba mal visto entre los indios. Vivió sus últimos años en lo que hoy sería Arequito. Ahí nació mi madre, mis cuatro hermanos y yo. Pero desgraciadamente no nos quedamos allí. Tuvimos que escapar por deudas de juego de mi padre”.

- ¿Dónde se fueron?

- A San Pedro, en 1943. Allí mi padre me enseñó a pintar a los golpes. Para los tanos es normal pegar. Además, empezó mi apasionamiento por la música clásica escuchando la radio. A los 9 años me llevaron con una maestra de piano. Y fui progresando hasta que a los 14 años mi padre me sacó del piano... Y yo quedé con una pena enorme.

- ¿Por qué te sacó del piano?

- Me dijo que era mucho el conservatorio y el colegio nacional. Y mi tío, un anarquista que me formó intelectual y espiritualmente, me contó la verdadera razón recién a los 20 años. Un vecino le dijo a mi padre que todos los que tocan el piano son putos. Y como era un acomplejado “de la gran siete” me sacó inmediatamente. ¡Para defender el honor familiar! (se ríe).
*********

Abre una botellita de agua tónica y, después del primer trago, recuerda el hecho que le cambió la vida: “A los 15 años escucho por la radio a un hombre que tocaba folklore con una jerarquía que mi oído supo distinguir. Estaba frente a un tipo especial que cantaba zambas. ¡Y eso que a las zambas las consideraba una mierda! ¿Quién era? Atahualpa Yupanqui. Le pregunté a mi tío cómo hacía para encontrarlo en Buenos Aires. Y me advirtió que ni lo intentara. Porque Yupanqui era, como cualquier artista, un jodido.
*********

- ¿Viniste igual a Buenos Aires?

- Vine a los 18 años a estudiar Medicina en la Universidad de Buenos Aires. Cosa que me metieron en la cabeza mis padres, porque yo hubiera querido estudiar pintura. Estuve adentro de la universidad durante catorce años, pero no estudiaba. Me iba tres años a México, volvía, estudiaba un año y al otro me iba a Brasil. Y terminé dejando, obvio.

- ¿Y qué ibas a hacer a esos países?

- Iba a cantar. Mi tío me aconsejó que, si quería aprender a tocar la guitarra y ser un buen payador, tenía que caminar todo el país. Me sugirió: “Si vas a Tucumán, hacé la zafra; si vas a Mendoza, hacé la vendimia; si vas al norte, cuidá las cabras. Siempre vas a encontrar algún guitarrero cantor. Acercate a él”.

- ¿Seguiste su consejo?

- ¡Claro! Hice de todo. Me fui a Tucumán y corté caña. Aré campos, hice la zafra, la vendimia y en Santa Fe trabajé en las minas de los valles Calchaquíes. Todo para estar al lado de algún guitarrero. Después empecé a viajar por toda América. El debut lo hice a los 20 años en un Café Concert de Bahía (Brasil). Mientras esperaba mi turno el dueño se dio cuenta que estaba nervioso y me mandó a una sala a tomar unos tragos. Cuando empecé el show estaba borracho pero tranquilo. Sabía que tocaba bien con las copas.

- Y a partir de ahí, ¿empezaste a ganarte la vida con los recitales?

- Ahí empecé a tocar pero, como no eran muy continuados esos recitales, inventé una cosa que era permanente. Cantaba puerta a puerta, como quien vendiera libros o naranjas. Iba por las casas y me presentaba: “Buen día. Soy un cantor de Argentina. Yo canto, no el tango, sino la música del interior del país, por ejemplo la zamba”.

- ¿En qué lugares hiciste esto?

- Por toda América, de México para el sur. Lo indispensable era huirle a la clase media. La clase media es vulgar y miedosa. Yo iba a los lugares aristocráticos. La clase alta no le tiene miedo a nada porque domina el mundo con su plata. Cuando un burgués de esos te deja entrar no te da un peso. ¡Te da mucha guita! Estaba como máximo veinte minutos y tocaba dos o tres piezas nada más.

- ¿Qué país te gustó más?

- Chile, sin dudas. Viajé allá durante toda la década del ´60. Cantaba en peñas y después casa por casa. En esa época, cuando recién triunfaba la revolución cubana, nos hicimos grandes amigos con Pablo Neruda. Siempre que iba pasaba por su casa. No entraba cualquiera a lo de Pablo. Recién me empezaron a recibir seguido cuando me hice amigo de su mujer (Matilde Urrutia) que amaba la música clásica tanto como yo. Cada vez que llegaba a su casa, Neruda se ponía a recitar: “Aquí viene el trovador, con la música de otra parte”. Era como un eslogan que tenía con mi llegada. Yo lo quería como un padre... Eran los ‘70 y me quedé unos tres años en Chile.

- ¿Por qué tanto tiempo?

- Porque en Chile había triunfado en ese momento la Unidad Popular de Salvador Allende. Acá yo estaba mezclado con la gente que empezaba a movilizarse antes del Cordobazo. Todos sabíamos que en Argentina se estaba por venir una muy jodida y en mis recitales hablaba mucho, era un publicista del pensamiento de izquierda. No lo pensé y me fui a Chile. Neruda había sido nombrado embajador de Chile en Francia, así que sólo tuve tiempo para saludarlo. Allende me llamaba “el trovador”. Muchos me llamaron, a partir de Neruda, “el trovador”. Y trabajé como guitarrero. Después vino la caída de Allende, que fue un complot encabezado por Norteamérica. Las Naciones Unidas se portaron bien y me llevaron a París.

- Supongo que en el exilio no te quedaste únicamente en París...

- Sí. Recorrí toda Europa cantando. En Toulouse (Francia) llegué a dar 36 conciertos en un mes. Salía como zombie después de las actuaciones. Viajé dos veces, en el `79 y en el `80, a Estados Unidos a cantar en universidades, porque conocía a profesores de la universidad de Harvard (Cambridge, Massachussets). Y viajé dos veces a Cuba, donde me hice amigo del poeta cubano Nicolás Guillén.

- ¿En qué año volviste a la Argentina?

- En 1985. Cuando regresé la música no anduvo. Acá todo lo dirigía Norteamérica. Y como no pude trabajar de músico, desarrollé mis conocimientos de pintura y empecé a pintar letras en las vidrieras de negocios. ¡Se ganaba mucho con este trabajo! Volví a ver Buenos Aires, leía y ganaba para vivir. Estaba tranquilo, hasta 1995.

- ¿Qué pasó en ese momento?

- ¡La tecnología pasó! Las letras se empezaron a hacer con una máquina de computadora llamada Plotter. Y se paró todo. Mi amiga Elsa Kelly, del partido radical, me ayudó mucho: me dio una casa en el barrio de Palermo que pertenece a la municipalidad. Vivo ahí y no pago nada. Eso me mantiene. Después, en la calle vendo compacts de presentaciones mías durante el exilio.

- ¿Fue idea tuya vender discos de tus actuaciones?

- (Piensa.) No, en realidad fue de Ulises, un chico que conocí acá, en la facultad. Él me comentó que en Rosario yo era muy conocido. No le creía, pero cuando fui me di cuenta que era cierto. Resulta que alguien tenía un casete mío y lo pasaba siempre en la radio. Era un casete grabado que debo haber vendido en algún concierto. A partir de ese momento, Ulises me sugirió pasar a CD recitales que yo tenía en casetes. Y ahí empecé a vender. Eso, junto con las clases de guitarra que doy aquí, me van salvando.
*********

Abre su bolsito y saca una carpeta para mostrarme recortes de diarios donde está junto a varias personalidades de la cultura. Se lo ve, por ejemplo, con su amigo Pablo Neruda o al lado de Jorge Luis Borges. Me queda una última pregunta.
*********

- ¿Cuál es tu verdadero nombre?

- Yanquetruz, pero podés llamarme ´el trovador`.



Noviembre 2005




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2005: Publicado en la revista “El Fisgón” en el mes de diciembre. Artilaria (Niceto Vega 4629, Cap. Fed.)
http://fisgones.blogspot.com.ar/







martes, 19 de noviembre de 2013

De cómo aprobar Comunicación I




La primera vez que cursé Comunicación I no me fue muy bien que digamos, ¡Me fue pésimo! O pésimo capaz es la gloria al lado de lo que viví.
Fue la materia cuyo promedio resultó el más bajo de todo mi historial como estudiante. Un 2 (dos) en el primer parcial y otro 2 (dos) en el segundo. Conclusión: ¡¡¡a recursarla!!!

**

Algunos años después, la enfrenté de nuevo. Veamos qué onda, viejo zorro. Intentémoslo otra vez, amigo. Mis compañeros principales en esta aventura fueron Lucianito —con quien compartíamos el fanatismo por Charly García— y Mirko. 
Mirko era descendiente de eslavos. En una oportunidad fuimos con Luciano a estudiar a su hogar en Ciudad Evita. Era grande la casa. Estudiamos en su cuarto, con música de Mozart a máximo volumen. Para ir al baño había que cruzar todo un patio y llegar a otro de sus tantos ambientes. 
En un parate del estudio, tuve ganas de hacer pis, caminé por el patio, entré a la habitación que desembocaba en el ñoba y vi que un viejo de barba albina, con tirantes rojos, tocaba parado y alegre el acordeón, mientras unos tres niños bailaban exultantes. Ahí pensé que la combinación de Mozart con Coca Cola me había pegado mal. Por lo demás, hice pis y todo bien.
Lo más copado de tener a Mirko de compañero era lo siguiente: en ab-so-lu-ta-men-te to-das las ma-te-rias que lo tuve de compañero le hizo al profe de turno la siguiente pregunta:
—¿Esto no se relaciona de alguna manera con la jaula de hierro de Weber?
(Y luego seguía una perorata interminable que intentaba “de alguna manera” relacionar la jaula de Weber con el tema que estábamos viendo ese día en esa materia.)
Esa misma pregunta formuló Mirko en Comunicación I, cuando la recursé. ¿El profe? Probablemente el más odioso de todos los que tuve en la carrera. Uno de esos que se ponen en pose onda “estoy de vuelta de todo, flaquito”; de esos que te van a llevar la contra porque sí, para hacerse el genio loco que sabe más que vos; de esos que jamás vieron el programa que dieron anoche en la televisión vernácula; de los que no se emocionan ni a palos con el fútbol ni con ningún otro deporte; de los que jamás te van a mirar una peli romanticona; de aquellos que opinan que la música para bailar apesta. 
Luego de que Mirko durante cinco minutos eternos intentara relacionar la jaula de hierro de Weber con no sé qué poronga del Funcionalismo, la respuesta del ilustrado profe fue categórica:
—No, no tiene nada que ver.

Funcionalismo: casi lo único que vimos con el tipo este. Y claro, no es extraño teniendo en cuenta lo que él mismo se encargó de aclarar en la primera clase:
—Soy el que escribió el libro más importante sobre Funcionalismo en América Latina.

Otra de las frases que se mandó aquella vez:
—Diez es una Fuerza Superior, si existiese —claro, nos quiere decir que es agnóstico—; nueve, el titular de cátedra —cuidando el laburito que le dicen… —; ocho, soy yo —humildad ante todo—. Lo máximo que se pueden sacar es siete.

En una clase, un alumno se quejó por la cantidad de material que había que leer de una semana a otra. El humilde catedrático entonces contestó:
—En la universidad de Berlín leen siete libros por materia. Nosotros sólo les damos fragmentos de libros, así que no lloren nenas.

Y si hablamos de su obsesión por Berlín, recuerdo la ocasión donde hizo una pregunta bastante curiosa:
—¿Cuántos saben alemán acá?
El curso no contestó.
—¿Nadie? ¡Increíble! Esto lo podría explicar mejor en alemán… 

Daba la materia los viernes. A las 17, a las 19 y a las 21. Mejor dicho: a las 17.15, a las 19.15, y a las 21.15, porque otra de sus particularidades era ir a tomar bebidas alcohólicas al barcito de al lado y llegar un cachitín tarde. A mí me tocaba  la clase de las 19… y 15. 

En el primer parcial me saqué 5 (cinco). Era una materia promocionable. Para no tener que ir a Final necesitaba un 8 (ocho), un maldito e imposible 8 (ocho). Se promocionaba con 7 (siete), con un maldito y jodido 7 (siete).

Para el segundo examen me estudié la vida, me estudié. Como de costumbre, fui puntual el día del parcial. Llegué a las 19 clavadas. Algo tenso pero seguro porque sabía que sabía. Se hicieron las 19.15 y el profe no llegaba. Hasta ahí, normal. Pero se hicieron las 19.30.
¿Qué hacíamos mientras? Con Luciano seguro que hablábamos de River-Boca —él era de Boca—, o de Charly, o de Fito, o de algún otro solista o banda de rock argento. Cada tanto, Mirko nos enriquecía con sus conocimientos sobre nazismo y alrededores. 
El profe llegó a las 19 y cuarenta y algo. Dictó dos preguntas interminables y ahora ¡a ponerse a escribir, mis valientes! 
La mayoría entregó sus escasas hojitas en media hora. Yo no. “Imposible terminar ahora”, pensaba, mientras no paraba de escribir. Estaba convencido de que merecía más que 8 (ocho). 
Eran casi las nueve de la noche y, aparte de mí, sólo quedaban “Los dos 7 (siete) del curso”: dos chicas amigas que se sentaban adelante. Mirko y Luciano se habían marchado hacía rato.
Cuando las chicas entregaron sus parciales eran ya las nueve de la noche en punto.
El profe me miró y ordenó:
—Entregá. Tenés que entregar, ya es la hora.
Contesté:
—Disculpame pero llegaste a las ocho menos cuarto y yo puedo seguir escribiendo. 
—No, te equivocás —replicó—. Terminó la hora y entregame las hojas porque me voy. 
—Usted siempre llega a las diecinueve y quince. Y hoy…
—No importa, todos terminaron y tengo que dar un parcial a las veintiuna en otra aula. 
—Querrás decir a las veintiuna y cuarenta.
—Me fui. —Agarró los parciales, los metió en su maletín y dio media vuelta.
—Vos sabés que estás equivocado —le dije, mientras trataba de terminar una enorme y complicada oración. 
—Perdiste tu oportunidad —aulló él, ya dándome la espalda. 
Me levanté y le entregué seis hojas.
Tomó mi parcial, me observó y salió del aula. Con su joroba, con su grasa, con sus anteojos gigantescos, con su pelo cola de caballo. Con sus granos y su soberbia. 

**

El día de la entrega de parciales y notas. Día crucial.

Mirko y Luciano ya sabían que iban a Final. Para ellos, todo bien, la vida les sonreía y a otra cosa mariposa; resignación y seguridad. Yo mantenía la esperanza de promocionar.
—Mereb, nota: 7 (siete). Promedio: 6 (seis). Va a Final.

Cuando terminó de entregar parciales y enunciar notas, me apronté hacia él, le mostré el mío y le exigí:
—Explíqueme bien por qué me saqué un siete.
—¿Cuánto te querías sacar?
—¡Un ocho!
—Je.
—¡Tengo derecho, che!
—A ver…  —Miró fijo la hoja y soltó—: ¿Vos sos el de esta letra? ¡Qué letra horrible!
—¿Qué tiene que ver? 
—¿Qué querés que te explique? Ya está, te sacaste un siete, muy buen parcial y encima te quejás.
—Por qué me sacaste tres puntos si mi parcial fue excelente considerando que tuve sólo una hora y pocos minutos más para hacerlo. 
—¡Ah! ¿Vos sos el que me entregaste último la otra vez? ¡Ahora creo que recuerdo! ¡Odio a esa clase de gente!
—Y yo odio a profesores fascistas como vos.
En ese momento di un paso al frente y estuve tan cerca de él que pude sentir su aliento a todo. Lucianito —el colosal Lucianito— me abrazó desde atrás y me propuso al oído:
—¿Por qué no vamos a ver a Sui Generis? No tiene sentido, es un boludo, no vas a conseguir nada.
Ese día tocaban Charly, Nito y la banda de Charly, en la Bombonera.
Luciano tenía su entrada para el concierto, yo no. Volamos hacia un local donde vendían las entradas y justo había cerrado. Me la jugué, dejé mi mochila en lo de Luciano y partimos hacia la cancha de Boca. En las afueras del estadio, un hombre revendía una entrada de campo a $20 y se la compré (a Luciano le había costado $28 una de ese mismo sector).
Entramos. Aquella noche a Charly se le antojó tocar unas cuatro horas. Qué alucinante que estuvo.

**

Me presenté al primer llamado. 
Había estudiado todos los textos, quería sacarme de encima la materia. Me había preparado como nunca. ¡Vamos, todavía, la puta que los parió!
Como siempre, muchísima gente para dar el Final. La espera se me hizo interminable.

Me tocó un hombre joven. Lo único bueno fue que no se trataba del jorobado cola de caballo, el alcohol con peluca, el gordito dos puntos debajo de Dios. 
Empecé con el primer tema. Ponele que fue “La obra de arte en la época de la reproductibilidad técnica”. A raíz de aquel texto, el profe de turno deseó que le comente cierta data acerca de su autor: Walter Benjamin. Le narré lo que sabía y dedujo:
—Mmm… No sabés mucho sobre el autor. Verás, es importantísimo saber la biografía de cada autor de los textos que estudiás.
—Está bien, pero eso no está en el programa —intenté defenderme. Y no hice más que embarrar la cancha.
—Bueno, pero el espíritu de la materia (…bla bla bla…). En esta cátedra promovemos (…bla bla bla…). Por todo eso es fundamental conocer la vida de cada autor.
Me preguntó sobre otros dos textos y lógicamente sobre la vida de sus respectivos autores. O sea, me desaprobó. Me puso un 2 (dos) —otro más para mi colección—. Me tomó de punto, me agarró la mano, supo enseguida por dónde atacarme.

Como sí o sí quería aprobar urgente esta materia del orto, me presenté de nuevo tres meses después…

**

Me tomó el Final una mujer de unos cuarenta y tantos.
Esta vez me había estudiado todo. Pero “todo” es “TODO”. Es decir, a los textos estudiados en el primer Final, les agregué saberme la vida de todos sus autores. Pero “de todos” es “DE TODOS”. Con una inigualable seguridad me presente a este, el segundo llamado.
La mina me sugirió que comience por donde se me cante. Seguramente elegí “La obra de arte en la época de la reproductibilidad técnica” porque soy más terco que cabulero. Junto con el texto, iba mechando pequeñas grageas referidas a la vida del autor en cuestión. Luego, otro texto; y luego otro. Una pinturita: texto y vida del autor, todo en uno. Al oral este habría que ponerle un moñito, habría. Terminé, la mina me miró y muy campante me lanzó su parecer:
—Está bien. Está muy bien. Sabés. Sabés bastante, pero… cuando hablás de los autores… Mirá… la verdad es que no conozco la vida de cada autor y no tengo por qué conocerla, eso no lo pedimos en el programa. Por lo tanto… no sé realmente si es que me lo decís porque lo sabés o porque es puro blablá para aprobar. Igual, un 6 (seis). ¡Bien, Pablo!
Me fui aliviado por haber logrado el objetivo pero pensando que algo… algo andaba mal en esa cátedra.

**


Un año después llegó Comunicación II. En la primera clase del Teórico, el titular de cátedra empleó gran parte de las dos horas para bardear Todo a pulmón de Alejando Lerner.