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viernes, 30 de noviembre de 2018

Algo en la forma en que se mueve



Pensé: “Si Paul y John pueden escribir una canción, todos los demás pueden hacerlo”
George Harrison

Mis primeros recuerdos con la música datan desde muy pequeño. Mis padres contaban con algunos discos y varios casetes.
Mi viejo tenía una mezcla bastante ecléctica. De su colección, lo que más llamaba mi atención era la tapa de un casete de Fausto Papetti: una mina en tetas tocando el saxo.
Mi vieja tenía los de Sergio Denis. La tía del famoso cantante vivía a pocos metros de la casa de los nonos maternos en Punta Alta. Con Héctor Omar Hoffman (el verdadero nombre de Sergio) mi vieja compartió algunos juegos y bailes.
Además de álbumes de sobrinos de vecinas, escuchaba otras cosas; los casetes de ella que me fascinaban eran: Lo mejor de Sui Generis y The Beatles 20 éxitos de oro. Por supuesto, también le daba mucho play a un casete que habían comprado para mí y mi hermano: Canciones para chicos, de María Elena Walsh.
De los 20 éxitos de The Beatles, las canciones que más me gustaban eran las únicas dos firmadas por George Harrison (Something y Here comes the sun).
El amor por George iba más allá de toda razón.
Años después me enteré que mi beatle iba a sacar un disco. El primer corte era Got my mind set on you. El videoclip desfilaba por los cuatro canales de aire que con mucho esfuerzo nuestro Noblex blanco y negro, catorce pulgadas, podía agarrar. Ahí estaba, recanchero, el beatle silencioso, sentado en el cómodo sillón de una habitación, con su guitarra eléctrica, rodeado de cabezas de animales que cantaban el estribillo y un pajarito que saltaba al ritmo de la batería.
Recuerdo que pasaban el video en programas de sábado al mediodía dedicados a videoclips.
El segundo video del álbum lo vi por primera vez en una serie de canal siete (en esa época, ATC) llamada Los copiones. Hay poco material sobre ese programa en la web y nadie parece acordarse que existió. Actuaban los experimentados Diana Maggi y Pachi Armas, y otros que se estaban anotando sus primeros porotos, como Nancy Anka.
La canción era When we was fab y su letra hablaba claramente de The Beatles. En el video aparecían Ringo Starr, Jeff Lynne y Elton John. En la serie hacían como que uno de los pibes soñaba con ese videoclip, se despertaba y decía: “George, ¡vos también sos un copión!”. ¿De quién supuestamente se copió esta vez? ¿George tuvo que enfrentar otro juicio por plagio luego de My sweet lord? Para nada. Supongo que la idea era insertar ese video como sea, porque garpaba.
Ese programa transcurría en una escuela de música; en determinado momento de cada capítulo algún niño o joven cantaba una canción, en general del repertorio argentino, siempre temas de otros; ellos, “Los copiones”, los capos, los buenos, limpitos, formales, artistas, héroes, tenían unos temibles enemigos: los malos, punks, sucios, vestidos de negro, con crestas, raros peinados nuevos, cabelleras multicolores, tachas, cuero, actitud desafiante, se llamaban… ¡“Los originales”! Bastaba que un personaje esté de negro para que se lo considerase punk; y punk en esa ficción era lo errático, la perdición.

1987. Salíamos con mi padre de ver Johny Tolengo, el majestuoso en uno de los cines de peatonal Lavalle.
Después de comer en el Pumper Nic un Mobur (sánguche de jamón, queso y huevo frito) y unas Frenys (papas fritas) entramos en un local de música. Esos típicos de peatonal Lavalle, angostos y largos.
Encaré hacia el vendedor y le pregunté si me podía dar el de George Harrison. Apenas podía asomar mi bochita, el mostrador me quedaba alto. El vendedor, muy en forro, me preguntó:
—¿Cuál?
—¡El de Shor Jarrison! —insistí.
—Sí, ya sé. Pero cuál de todos sus discos.
En esa época no tenía registro de la obra solista anterior de mi beatle favorito. Yo qué mierda iba a saber que este era su undécimo LP. Igual, un idiota el tipo, pésimo vendedor. Era un álbum que estaba de moda, lo primero que tenés que preguntar es si busco su último trabajo, lo que suena en todos lados, y no graznar “¿cuál?, ¿cuál?, ¿cuál?” como un pato rayado.
—¡El de Shor Jarrison! ¡El que era de los Bitle!
—Lo conozco. Lo que no sé es cuál querés de sus discos.
Hasta yo siendo muy pibe me daba cuenta que estaba enfrente de un imbécil.
Mi paciencia se agotaba. Se acababan mis recursos. Cuando de pronto, una chica que me sacaba dos cabezas y dos tetas faustopapettianas de ventaja, se dio vuelta. Estaba vestida con una campera negra de cuero, igual que su pantalón, remera negra, pelo largo oscuro con mechones de distintos colores, flequillo castaño que viajaba hasta un milímetro antes de las cejas, labios y uñas violetas, un aro zarpado por oreja, pulsera de tachas, olía rarísimo. La chica me miró y dijo:
—Perdón. Por casualidad, lo que estás buscando, ¿no es el último caset de Chorch Jarrison? Ese que tiene el tema copante de “a cat mamá se lo niu…”.
Mientras ladraba con pasión el hitazo del momento tiraba unos movimientos serpenteantes con la cadera. En la parte de “se lo niu” levantaba una pierna, la campera de cuero se le abría y podía ver cómo se le marcaban los pezones.
El forro detrás del mostrador miraba la situación incómodo. Yo estaba exultante y empecé a saltar gritando:
—¡Es ese! ¡Quiero ese!
Recién ahí el flaco sacó el casete de Nube 9. No tuvo que buscar mucho, no fue una tarea que lo haya obligado a sudar demasiado; como todos los álbumes de moda, lo tenía muy a mano. Mi viejo se puso con la tarasca y cuando me di vuelta para darle las gracias, ya no quedaban rastros de mi salvadora.







miércoles, 11 de febrero de 2015

El retorno de la dama blanca




Buenos Aires, 10 de mayo de 2002.

Marcela, la primer “estatua viviente” femenina de la Argentina, volvió a la calle Florida. Su regreso se produjo el viernes 10 de mayo, doce minutos antes del mediodía, luego de casi tres años de ausencia. Esta morocha, soltera, de 35 años, se ubicó a metros de la entrada principal de Galerías Pacífico.
           
            Recibió saludos de las chicas que trabajan en Cheeky, local de ropa para niños, y de un guardia de seguridad de Galerías Pacífico. También el de John, el personaje más antiguo de la cuadra. John, su verdadero nombre es Juan, trabaja como lustrabotas en la esquina de Florida y Córdoba hace más de 20 años.

            Marcela trabaja de “estatua viviente” desde hace diez años. Ernesto, uno de sus mejores amigos, fue pionero en el arte de pintarse de blanco las partes visibles del cuerpo y utilizar una vestimenta del mismo color. 
Ernesto viajó a España a comienzos de 1990 con la intención de estar un mes y conocer ese país. Y se quedó dos años.
Barcelona le cambió la vida. Allí descubrió dos formas de hacer arte desconocidas en Argentina. El arte de imitar estatuas, las denominadas “estatuas vivientes”, y la “performance de la disco”. La “performance de la disco” consiste en la actuación, que incluye canto y baile, de un grupo de personas que representan a determinados personajes según la ocasión. Por ejemplo: todos los artistas interpretan a distintos animales en “La Fiesta de la Selva”, nombre de uno de los tantos espectáculos. Se realiza en boliches, en diversos horarios de la noche.

Después de dos años de residencia en España decidió traer esas dos ideas a la Argentina. El espectáculo de la “performance de la disco” tuvo rápida aceptación en Buenos Aires. Para llevarlo a cabo contó con la ayuda de Marcela y de otros amigos.
El espectáculo de la “estatua viviente” no fue, en cambio, bien recibido. La primera vez que Ernesto se disfrazó de estatua se paró enfrente del Obelisco y recibió escupitajos e insultos. Intentó su show en La Boca, pero fue expulsado por los artistas plásticos.
           Finalmente pudo posicionarse, sin problemas, en Plaza Francia (en el barrio La Recoleta) junto con Marcela. Los curiosos dejaban varias monedas en las gorritas que ambos colocaban debajo de sus albinos pies.

            Luego de unos meses, ella mudó su espectáculo a la calle Florida. En ese sitio trabajó, sin días ni horarios fijos, desde 1996 hasta 1999. Ese último año abandonó Florida y su espectáculo debido a la pelea que tuvo con un colega.  
            Un día de junio de 1999, un hombre, con vestimenta dorada y maquillaje de idéntico color, posó al lado de ella. Marcela imaginó que ese hombre, de nombre Alejandro, era nuevo en esto. Entonces le explicó que “existen códigos que se deben respetar”, que su show lo podía hacer “unos metros más lejos”. El “hombre dorado” le había hecho bajar su recaudación debido a que, ahora, “la novedad era él”. Alejandro, 41 años, ex entrenador de vóley y ex profesor de Educación Física, le restó importancia a los reclamos de la “dama blanca” y siguió instalándose cerca de ella. La paciencia de Marcela duró un mes. Florida estaba repleta de vendedores y artistas, cada cual ocupaba un lugar específico, y “no quedaba otro espacio bueno en esa zona”; además, ese era “su lugar”, se lo había ganado.
            Abandonó Florida y su show callejero. Le dedicó más tiempo a la carrera que estudia, Profesorado de Expresión Corporal, y a depender del escaso sueldo que recibe trabajando en una empresa que vende computadoras. Sueldo que, hasta el año pasado, le alcanzaba para comer y pagar sus estudios. Hoy ya no le alcanza. Por esa razón ha decidido volver a la calle Florida.

            Marcela ahora sonríe. Le quedan dos materias para recibirse. Y Alejandro está, pero lejos.