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viernes, 30 de diciembre de 2016
Prólogo (publicado en El mundo amaba a otras personas -Textos Intrusos [2015]-)
3 Camellos - El Monstruo
por Gustavo A. Sarmiento
Cuenta la historia que llega un tipo a su casa y
encuentra a su mujer encamada con su analista. El
marido recién arribado se pone como loco. Entonces
su psicólogo, aún en bolas sobre el colchón, sin dejar
de tocar a la mujer, le dice: “Tranquilo, Gómez. Esto
no es lo que usted piensa”. Y Gómez le responde: “Con
usted siempre lo mismo. Nunca nada es lo que yo
pienso”. El cuento, más allá de reflejar cierta vicisitud
privada y una tesis sobre la psicología hecha haiku,
muestra una particularidad muchas veces naturalizada,
pero no por eso menos importante: a menudo, los
reveses de la vida cotidiana vienen acompañados del
humor. El humor, entonces, es catalizador o cumple la
función-espejo de señalarnos lo agrio de la realidad que
tenemos enfrente; con el doble filo de la risa o el llanto,
más bien, todo es necesario. En el día a día, uno se
puede cruzar habitualmente con escenas así, tan irónicas
como ácidas. Tan amargas como adorables. Este libro
tiene la virtud de combinar ese cóctel en un mundo
literario de ficción, porque es ficción, pero bien se podría
encontrar a la vuelta de tu esquina, de tu pueblo, de tu
mundo, envuelto en otro envase, en otros dichos, en
otra esposa o en otro psicólogo; está ahí, aguardando
paciente en reposera, con malla y bronceador, la bomba
del fin del mundo.
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La segunda virtud es que se puede leer de manera
fluida, como un pentagrama de Los Beatles. Y a no
confundir fluidez con simpleza. Es mucho, pero mucho,
más difícil, escribir algo natural que algo que de tan
artificioso se hunde en la pesadez. Nadie nos obliga a
leer un libro. No hay nada más fácil que dejar de leer un
libro. Uno en el cine o en el teatro tiende a seguir la
obra aunque no le guste, y en esos casos intenta llegar
como sea a lo más próximo del final. Incluso con un
DVD viéndolo en la cama pasa algo parecido. Un libro,
en cambio, es él y vos, y si la relación no va, pasás a
otro, como un mal amante, hasta encontrar el libro que
te retenga, porque la lectura es un acto de seducción.
Las palabras seducen o generan indiferencia. He ahí la
virtud de quien escriba, el lector que se le aparece en
sueños con porte de fantasma todopoderoso. Y que el
azar contribuya también, con su buen porcentaje.
En esos próximos cuentos, que forman una novela
con hilos (a veces indivisibles, o invisibles, que no es lo
mismo) entrecruzando cada historia, todo pasa de una
rutina plácida o amarga al precipicio, del miedo o enojo
a la novedad que atrapa, como un acto de magia, en
giros tarkovskianos, pero de un Andrei que viva
cotidianamente en el barrio de Balvanera, ese gigante
que todo lo mira y todo lo consume.
Este libro logra esa fluidez porque interpreta un
lenguaje que está ahí vagando por la calle. Que puede
pasar de descripción a narración esotérica, donde ni el
propio autor termina de creer lo que está viendo, porque
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el autor es uno más en la escena. Está ahí, como otro
sujeto de la historia, contándonos lo que ve, e incluso
agregando comentarios como si estuviésemos al lado
suyo (lo que cualquiera de nosotros —le— diría). Todo
en modo-urbano. Porque la Ciudad aparece como inicio
de todo, y muchas veces como culpable de engendrar
esos personajes o esas situaciones. Entonces, como en
cualquier urbe o como en ninguna, surge la desilusión
tan fácil como la felicidad, el desamor, la búsqueda, el
temor a la muerte, lo frágil, el movimiento constante.
Aparecen los que dicen hacer milagros, la lluvia siempre
ahí detrás nuestro, los payasos que caen, los monstruos.
Y aquí me deposito dos segundos: el monstruo. El
monstruo de ser uno, en las hojas, el monstruo podés
ser vos, la ciudad, la televisión, la guerra o las bombas.
Los dueños de medios, los políticos. Porque el monstruo
habita en todos, como la ansiedad; el problema es
cuando uno lo despierta o no le pone el freno, y entonces
la ansiedad se vuelve trastorno, y el monstruo se vuelve
carne. El libro también tiene la virtud de mostrarnos
que el monstruo y la carne habitan en cada uno, y cada
uno habita con monstruos y con su carne.
Aparecen el sexo mundano, las puteadas, el lunfardo.
Esa es la otra clave de la decodificación. El lenguaje
que interpela uno a uno. Él y vos. Yo y él. Todos
nosotros. Aparecen la música, las citas pop, la regla de
tres simple, lo imprevisto. Están las mujeres, los pechos,
pero sobre todo, están las palabras. Las reinas de las
imágenes. Dependemos de las palabras, seguimos
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dependiendo de ellas, para conocer el mundo. O para
interpretarlo (quizá sea esa una de las razones para leer
un libro). Y ahí están las palabras en estos textos,
diciéndonos que no siempre es lo que creemos. Que el
mundo amaba a otras personas.
sábado, 28 de febrero de 2015
Introducción (publicada en El mundo amaba a otras personas -Textos Intrusos [2015]-)
1986. Primaria. Segundo grado. Turno tarde. Amalia nos enseñaba a sumar y restar, nos enseñaba a leer y escribir, nos enseñaba a volar.
Tarea: hacer un cuento. Dice la leyenda que no fue el primer cuento que escribí, pero sí el primero que recuerdo que escribí. ¿De qué iba? No quiero mentir, pero los temas que en ese momento me interesaban tenían que ver con superhéroes y supervillanos, el bien y el mal, la lucha en el espacio infinito, disputas en galaxias lejanas, naves espaciales, rayos láser, injusticias, amistad, tristeza, alegría, amor, odio. Era un relato larguísimo, eso seguro. Hojas y hojas ocupadas con esa letra tan, pero tan enorme (mi marca registrada a mediados de los ochenta).
Todo el grado cumplió con la tarea. Algunos rezongando; otros dispuestos al juego. A la docente que
más me marcó se le ocurrió que debíamos votar por el mejor cuento del aula. Voté a Emanuel, una especie de contrincante en aquellos tiempos; algo así como mi rival natural.
Petiso, flaco, ojos celestes, cabello dorado; corte tipo pelela, onda “príncipe valiente”, muy de moda en aquellos tiempos. Se llevaba todas las miradas. Lo solían elegir para protagonizar los actos escolares. Y casi siempre al lado de esa preciosa morochita de pelo bien cortito y ojos achinados llamada Aluminé. Emanuel fue Belgrano, Sarmiento, San Martín y Colón. Yo siempre hacía de la contrafigura, era Malo 1. Era el escollo a vencer, el más difícil. Amaba el papel de antagonista. No me importaba perder, pero ansiaba ser el último derrotado; quería caer con dignidad, ser el hueso más
duro de roer; me cabía hacer del vencido pero con una condición: que el prócer o conquistador ese del orto no se la llevase tan de arriba.
Creo que lo voté porque me parecía una cosa ética votar por mi rival, reconocerlo como alguien valioso, alguien a respetar. En mi ingenuidad total juro que pensaba que Ema iba a votar por mí. La cuestión es que él también se votó. Y la votación terminó 10 a 10. En un grado de veintipico, el resto de los contrincantes había quedado muy lejos.
Amalia dictaminó empate. Ahora, a desempatar. Segunda vuelta. Balotaje. Mis amigos, que se agarraron la cabeza cuando les conté a quién había votado, me aconsejaron que esta vez no sea tonto y me vote a mí mismo, que no pasaba nada, que valía, que no sea gil de goma.
No recuerdo los números finales, pero lo cierto es que perdí. Mis amigos atribuyeron la derrota a que el rubio de cabellos dorados era más lindo y por eso recibió el voto de todas las chicas, aparte del de sus amigos.
Aquella y otras actividades provocaron que garabatee por mi cuenta miles de historias.
Por ayudarnos a dar esos primeros pasos, por ese enorme amor por la docencia, ¡gracias Amalia Boccazzi!
Y no quiero dejar afuera de los agradecimientos primarios al mejor narrador de historias que conocí: el maestro bibliotecario José “Pepe” Lubrano. ¡Ma qué Laiseca, ni Laiseca!
Y llegó la Secundaria. Mis cinco oscuros años literatos. Lengua, en primero y segundo; Literatura, de
tercero a quinto; ambas dictadas por el mismo profesor. Hombre del período jurásico, nacido un par de horitas antes que el Tiranosaurio Rex.
Primera actividad del primer año: continuar un cuento que este educador de otro tiempo había
empezado. La parte de él terminaba con que el niño protagonista perdía en un concurso de barriletes. Bueno, mi continuación ocupó dos hojas, donde al protagonista lo hice bailar con situaciones una más increíble y surrealista que la otra. Pensaba que había sido mi mejor creación.
Terminado el asunto de la escritura, llegó la hora de la lectura. Mi turno. Estaba nervioso, pero lo saqué adelante. ¿Nota? El añejo pedagogo me encajó un 1 (uno). ¿Por? Por fantasioso, por inducir a la guarangada (en un pasaje, el personaje simplemente estaba haciendo “algo raro detrás de un árbol”), por…, qué sé yo, no recuerdo tanto; eso sí, mi protagonista las pasó feas y yo me lo pasé en grande escribiendo la historia.
Cuestión que luego leyó otro compa, cuyo texto consistió en un solo renglón que abarcaba la siguiente combinación de vocablos: “Pero el chico se fue feliz a su casa porque lo importante es competir”.
El anciano enseñante, que estuvo presente cuando Moisés abrió las aguas, consideró que ese texto estaba para un 6 (seis). “Cortito pero deja una buena enseñanza”, fue su motivo.
En tercer año, primer día de clase en Literatura, esta piedra en el zapato de la enseñanza argenta se dedicó a desmitificar escritores que para él eran un mal ejemplo a seguir. Tiró munición gruesa contra aquellos intelectuales que “tan mal le han hecho a la juventud de nuestro país”. Y la cerró con una frase que jamás olvidaré, porque fue reveladora:
—Bukowski era borracho. Kafka era drogadicto. Oscar Wilde era puto. —Hizo una breve pausa, arrojó una mirada aleccionadora y retomó—: Bueno, ahora pasemos a la literatura española católica apostólica romana de los siglos…
Luego de aquella clase, sólo quise buscar información acerca de esos autores, que hoy se encuentran entre mis favoritos.
En fin, no hay que ser rencoroso en la vida. Recordado preceptor de Adán y Eva, momia del saber,
inolvidable vegete autóctono, geronte antediluviano, compañerito de banco de Dios, ¡gracias!
Quizás a vos también te gustaba calzarte el traje de villano. Y esa fue tu particular estrategia para que
muchos decidamos adentrarnos en fabulosos mundos.
En 1999 llegaría Taller de Expresión I (Ciencias de la Comunicación, UBA), dictada por Claudia Vespa (la primera versión de El Monstruo fue mi trabajo final en esa materia). En 2007, Valeria Iglesias con su taller de escritura creativa (por lejos, el más lindo de los talleres a los que asistí). En 2013, los consejos de la escritora y editora Virginia Janza (la gran poetisa de Ileven). En 2015, las lecturas y devoluciones de Marcelo Criado (él sí me votó), la invitación de Daniel Enriquez a esa
presentación de libro (siempre tirando la posta El Dany), la sugerencia de Fabián Rodrigo, la confianza de Hernán Casabella, el diseño de tapa y contratapa de Mariano Escribal (¡no soy digno!), el prólogo de mi primo Gustavo Sarmiento (el mejor escritor de la flia), y el apoyo de mamá Gianna, papá Alfonso, hermano Martín y bocha de parientes.
Para el que tenga curiosidad, acá están diez de mis cuentos. Algunos tienen ideas que arrastro desde la infancia; otros, desde la adolescencia. Están los creados a partir de derrotas, decepciones y trabajos mal pagos. Pasen y lean.
Salvo que hayan encontrado en Facebook a Emanuel y prefieran pasarse los días viendo sus fotos. No los culpo. Debe estar hermoso.
Tarea: hacer un cuento. Dice la leyenda que no fue el primer cuento que escribí, pero sí el primero que recuerdo que escribí. ¿De qué iba? No quiero mentir, pero los temas que en ese momento me interesaban tenían que ver con superhéroes y supervillanos, el bien y el mal, la lucha en el espacio infinito, disputas en galaxias lejanas, naves espaciales, rayos láser, injusticias, amistad, tristeza, alegría, amor, odio. Era un relato larguísimo, eso seguro. Hojas y hojas ocupadas con esa letra tan, pero tan enorme (mi marca registrada a mediados de los ochenta).
Todo el grado cumplió con la tarea. Algunos rezongando; otros dispuestos al juego. A la docente que
más me marcó se le ocurrió que debíamos votar por el mejor cuento del aula. Voté a Emanuel, una especie de contrincante en aquellos tiempos; algo así como mi rival natural.
Petiso, flaco, ojos celestes, cabello dorado; corte tipo pelela, onda “príncipe valiente”, muy de moda en aquellos tiempos. Se llevaba todas las miradas. Lo solían elegir para protagonizar los actos escolares. Y casi siempre al lado de esa preciosa morochita de pelo bien cortito y ojos achinados llamada Aluminé. Emanuel fue Belgrano, Sarmiento, San Martín y Colón. Yo siempre hacía de la contrafigura, era Malo 1. Era el escollo a vencer, el más difícil. Amaba el papel de antagonista. No me importaba perder, pero ansiaba ser el último derrotado; quería caer con dignidad, ser el hueso más
duro de roer; me cabía hacer del vencido pero con una condición: que el prócer o conquistador ese del orto no se la llevase tan de arriba.
Creo que lo voté porque me parecía una cosa ética votar por mi rival, reconocerlo como alguien valioso, alguien a respetar. En mi ingenuidad total juro que pensaba que Ema iba a votar por mí. La cuestión es que él también se votó. Y la votación terminó 10 a 10. En un grado de veintipico, el resto de los contrincantes había quedado muy lejos.
Amalia dictaminó empate. Ahora, a desempatar. Segunda vuelta. Balotaje. Mis amigos, que se agarraron la cabeza cuando les conté a quién había votado, me aconsejaron que esta vez no sea tonto y me vote a mí mismo, que no pasaba nada, que valía, que no sea gil de goma.
No recuerdo los números finales, pero lo cierto es que perdí. Mis amigos atribuyeron la derrota a que el rubio de cabellos dorados era más lindo y por eso recibió el voto de todas las chicas, aparte del de sus amigos.
Aquella y otras actividades provocaron que garabatee por mi cuenta miles de historias.
Por ayudarnos a dar esos primeros pasos, por ese enorme amor por la docencia, ¡gracias Amalia Boccazzi!
Y no quiero dejar afuera de los agradecimientos primarios al mejor narrador de historias que conocí: el maestro bibliotecario José “Pepe” Lubrano. ¡Ma qué Laiseca, ni Laiseca!
Y llegó la Secundaria. Mis cinco oscuros años literatos. Lengua, en primero y segundo; Literatura, de
tercero a quinto; ambas dictadas por el mismo profesor. Hombre del período jurásico, nacido un par de horitas antes que el Tiranosaurio Rex.
Primera actividad del primer año: continuar un cuento que este educador de otro tiempo había
empezado. La parte de él terminaba con que el niño protagonista perdía en un concurso de barriletes. Bueno, mi continuación ocupó dos hojas, donde al protagonista lo hice bailar con situaciones una más increíble y surrealista que la otra. Pensaba que había sido mi mejor creación.
Terminado el asunto de la escritura, llegó la hora de la lectura. Mi turno. Estaba nervioso, pero lo saqué adelante. ¿Nota? El añejo pedagogo me encajó un 1 (uno). ¿Por? Por fantasioso, por inducir a la guarangada (en un pasaje, el personaje simplemente estaba haciendo “algo raro detrás de un árbol”), por…, qué sé yo, no recuerdo tanto; eso sí, mi protagonista las pasó feas y yo me lo pasé en grande escribiendo la historia.
Cuestión que luego leyó otro compa, cuyo texto consistió en un solo renglón que abarcaba la siguiente combinación de vocablos: “Pero el chico se fue feliz a su casa porque lo importante es competir”.
El anciano enseñante, que estuvo presente cuando Moisés abrió las aguas, consideró que ese texto estaba para un 6 (seis). “Cortito pero deja una buena enseñanza”, fue su motivo.
En tercer año, primer día de clase en Literatura, esta piedra en el zapato de la enseñanza argenta se dedicó a desmitificar escritores que para él eran un mal ejemplo a seguir. Tiró munición gruesa contra aquellos intelectuales que “tan mal le han hecho a la juventud de nuestro país”. Y la cerró con una frase que jamás olvidaré, porque fue reveladora:
—Bukowski era borracho. Kafka era drogadicto. Oscar Wilde era puto. —Hizo una breve pausa, arrojó una mirada aleccionadora y retomó—: Bueno, ahora pasemos a la literatura española católica apostólica romana de los siglos…
Luego de aquella clase, sólo quise buscar información acerca de esos autores, que hoy se encuentran entre mis favoritos.
En fin, no hay que ser rencoroso en la vida. Recordado preceptor de Adán y Eva, momia del saber,
inolvidable vegete autóctono, geronte antediluviano, compañerito de banco de Dios, ¡gracias!
Quizás a vos también te gustaba calzarte el traje de villano. Y esa fue tu particular estrategia para que
muchos decidamos adentrarnos en fabulosos mundos.
En 1999 llegaría Taller de Expresión I (Ciencias de la Comunicación, UBA), dictada por Claudia Vespa (la primera versión de El Monstruo fue mi trabajo final en esa materia). En 2007, Valeria Iglesias con su taller de escritura creativa (por lejos, el más lindo de los talleres a los que asistí). En 2013, los consejos de la escritora y editora Virginia Janza (la gran poetisa de Ileven). En 2015, las lecturas y devoluciones de Marcelo Criado (él sí me votó), la invitación de Daniel Enriquez a esa
presentación de libro (siempre tirando la posta El Dany), la sugerencia de Fabián Rodrigo, la confianza de Hernán Casabella, el diseño de tapa y contratapa de Mariano Escribal (¡no soy digno!), el prólogo de mi primo Gustavo Sarmiento (el mejor escritor de la flia), y el apoyo de mamá Gianna, papá Alfonso, hermano Martín y bocha de parientes.
Para el que tenga curiosidad, acá están diez de mis cuentos. Algunos tienen ideas que arrastro desde la infancia; otros, desde la adolescencia. Están los creados a partir de derrotas, decepciones y trabajos mal pagos. Pasen y lean.
Salvo que hayan encontrado en Facebook a Emanuel y prefieran pasarse los días viendo sus fotos. No los culpo. Debe estar hermoso.
sábado, 21 de febrero de 2015
Paolo Luiggi Reginato
Nació en Castelcucco, Italia, el 19 de junio de 1913. Hijo de Anunziata Migliorini y Giusepe Reginato, tuvo once hermanos. Luisa, una de sus hermanas mayores, emigró a
Hizo la escuela primaria hasta
sexto grado y después tuvo que dejar. Sin embargo, con el tiempo, se convertirá
en un gran lector.
Hasta cumplir veintiún años vive en
Castelcucco y allí trabaja en el campo de su padre, donde aprende a destilar el
vino hasta sacar grapa (el pueblo donde nació se encuentra muy cerca del Monte
Grapa, que le da nombre a la bebida). Tenían ganado, sembradíos y también
operarios para realizar algunos trabajos.
Hacia 1919 muchos chicos se dedicaban
a juntar fierro viejo que quedaba de las batallas, que luego vendían como
chatarra, ya que la situación económica en ese momento no era buena. Este será
el primer trabajo de Paolo fuera de su casa.
Poco tiempo antes de la Segunda Guerra
Mundial la familia pierde sus campos al salir el padre de Paolo como garantía a
unos fabricantes de cal, cuya empresa quiebra. De la noche a la mañana se
encuentran sin casa y sin trabajo, lo cual hace que todos deban trabajar, ahora
como peones.
Por esa época nace la amistad con
Giusepe Zanesco, quien luego sería su suegro.
Hace la colimba con varios años de
atraso. Le toca ir a Abisinia, que era una posesión italiana en África, donde
completa dos años de conscripción.
Cuando vuelve del servicio militar
trabaja en la construcción del mausoleo en homenaje a los caídos durante la Primer Guerra Mundial,
en el Monte Grapa. También en Bresanonne construyendo una usina eléctrica
subterránea para varios países y, además, en un aserradero.
En 1939 es incorporado a un
regimiento de artillería para participar de la Segunda Guerra
Mundial. Lo envían con su regimiento al norte de África. A poco de iniciada la
batalla es tomado prisionero de los ingleses junto a otros veinte mil italianos,
en un lugar cercano a Tobruk (Libia). Desde allí lo envían en caravanas hasta
Palestina, posesión inglesa en ese momento. Llegan a Belén en Navidad y los
alojan en un campo de concentración. La gente del lugar les tiraba naranjas y
cebollas, que eran recibidas por ellos como manjar y escondidas bajo la tierra.
Luego de un tiempo los mandan a
otro lugar también dominado por los ingleses: la India. Otra vez en
campo de concentración con un adicional: allí contrae la malaria, de la que
logra salir bastante bien. De la
India lo llevan hasta Hay, Australia. En ese lugar lo
encuentra el fin de la guerra.
De su estancia en los campos de
concentración, recordaba el grado de organización que tenían los ingleses, a
quienes no apreciaba en lo más mínimo, al punto de no haber aprendido una sola
palabra del inglés, a pesar de haber convivido con ellos unos siete años.
En esos años, él y compañeros
prisioneros, habían armado una pequeña destilería de grapa clandestina y hasta habían
planeado una fuga de campo que no llegó a concretarse. En la etapa final de su
prisión les permitían trabajar en granjas, para hacer más llevadera la cosa.
Al finalizar la guerra debió
permanecer un año más en Australia debido a que el gobierno italiano no contaba
con buques para buscar a los prisioneros de guerra. Por esta razón decide
emigrar ni bien le sea posible.
Le habían ofrecido quedarse en
Australia. Le daban casa, trabajo y vehículo, pero como fue su último lugar de
prisión y él odiaba todo lo que estuviera vinculado con Inglaterra, les dio un
rotundo “no” como respuesta.
Cuando llegó a su tierra de origen
no quedaba nada: Italia estaba totalmente destruida, no había trabajo, la
pobreza era enorme, y hasta había desaparecido uno de sus hermanos en Rusia
durante la guerra. Frente a ese panorama, decidió en 1948 partir a la Argentina , ya que tenía
a su hermana Luisa radicada en Villa Arias, cerca de Bahía Blanca, sur de la
provincia de Buenos Aires. En ese lugar se instaló. Construyó con sus propias
manos una casa, trabajó en una mina de arena, y se empezó a cartear con su
novia Antonieta Zanesco, que había quedado en Italia.
En 1951 se casa con Antonieta por
poder. Ella llega a la
Argentina recién al año siguiente porque pierde el barco que
el gobierno argentino (de Juan Domingo Perón) había mandado a construir en
Italia y en su primer viaje a la
Argentina traería gratuitamente a familiares de empleados del
estado.
En 1953, en Villa Arias, nace la
primera hija de ambos: Juana María Reginato.
Durante algunos años tuvo un
criadero de pollos (llegó a tener alrededor de quinientos), con la intención de
poder dedicarse de lleno cuando se jubilase. Pero en tiempos en que era ministro
de Economía Martínez de Hoz tuvo que cerrar a raíz de que se importaban huevos
de Israel —que eran mucho más baratos— y esto hizo que las ventas cayeran y
fuera imposible comprar el alimento necesario para las gallinas.
Consiguió luego un trabajo como
civil en la Base Naval
Puerto Belgrano —en la panadería—, y nuevamente pudo levantar con sus manos
otra vivienda, esta vez en la ciudad de Punta Alta, donde nacieron el resto de
sus hijos: Adelia, José, Juan y Daniel. Permaneció en esa casa hasta el final
de su vida.
Peronista de alma, hizo los trámites para poder votar como
extranjero porque sostenía que si vivía en la Argentina tenía que
votar en su país de adopción.
Don Pablo, como se lo conocía en
Punta Alta, se movilizaba siempre en bicicleta. Era muy querido por los vecinos,
cultivaba su quintita, y regalaba verduras a todos.
En una oportunidad se le ocurrió
comprar incubadoras y criar pollitos. Antonieta le decía que eso no iba a
funcionar, pero él siguió adelante. Hasta que el emprendimiento se fundió.
Colaboró con los problemas del
barrio. Por eso, entre otras cosas, formó parte de la Cooperadora de una
escuelita, donde estudiaron sus hijas Juana y Adelia. Allí trabajó muchísimo, y
era común que se peleara con algunos, porque defendía lo que a él le parecía
que era lo correcto. En el patio de la escuela, las noches más calurosas,
proyectaban películas a las que asistían las familias del barrio.
En los veranos iba con su familia
de excursión a Pehuen-Có, una playa cercana a Punta Alta. Tanto le gustó el
lugar a Paolo, que adquirió un terreno. Cuando falleció estaba por inaugurar
una casa que entre él y su hijo José habían logrado levantar luego de años de
esfuerzo.
Los domingos, Don Pablo amasaba la
pasta y Antonieta preparaba el tuco. Nunca faltaba algún invitado.
Cuando le llegó la jubilación, en
1983, viajó por primera vez a Italia, después de cuarenta años de ausencia,
donde fue recibido como un duque por sus hermanos. Cuando volvió a la Argentina , empezó a
tener algunos problemas. Un día, a fines de 1985, estaba leyendo el diario y se
dio cuenta de que no veía de un ojo. Acudió a una consulta médica y le dijeron
que padecía un derrame. De a poco fue empeorando hasta que quedó internado, y
falleció el 18 de enero de 1986,
a los 72 años, en la ciudad de Punta Alta. Su familia
entera y todo el barrio lo lloraron.
***
Noviembre 1999
martes, 19 de noviembre de 2013
Dos palmaditas
Punta Alta (provincia de Buenos
Aires, República Argentina). Casa de mis abuelos maternos. Los nonos. La casa
enorme de siempre. Esa con patio largo hasta allá, el fondo, re lejos. Con
gallinas, muchas antes, pocas después, ninguna hoy. Con plantas de todo tipo.
Con un enano guardián que vigila el jardín sin movérsele siquiera una pestaña
cual granadero del palacio. Con aire demasiado puro.
Estábamos en el
living, rodeando a esa mesa eterna. El crucifijo extra large ahí colgado,
solitario, en la blanca pared. Los almanaques en flamante italiano. Dos largos
palos acostados, colocados en paralelo, distanciados por pocos centímetros,
sostenidos por el respaldo de dos sillas, una en cada punta de ambos palos. Las
pastas colgando de esos palos. Pastas que en minutos se convertirán en “Las
pastas de la nona”, el manjar más delicioso de todos los tiempos.
Parada a un costado,
Dely; la segunda hija de los nonos, con su primogénita Leti, primita tres meses
más grande que yo. Leti llora y llora, pero en los brazos de su madre parece
por fin calmarse de a poco. Es ahí cuando la tía decide pasarle su hija a la
primogénita de los nonos; mi vieja, Yana.
Yo estoy sentado en
una punta de la eterna mesa rectangular. En la otra punta, el centro de
atención: el nono. Cuenta que te cuenta vaya a saber qué anécdota. Tal vez
sobre la guerra, tal vez sobre sus comienzos en Argentina, tal vez sobre algo
que le pasó el día anterior. Quién sabe. Soy muy pendejo para entender.
A Leti se le caen
las últimas lagrimitas. Yo la miro con cara de “no llores, Leti, no llores”,
pero no me animo a decírselo por miedo a que me carguen los mayores.
El tío Dany escucha
al nono, atento en un rincón, cerca de la puerta que da al patio. En sus manos
tiene una revista con muchas letras, que ni idea de qué tratará. El tío Dany es
el menor de los hijos de los nonos. Mi vieja le lleva diecisiete añitos. El tío
Dany nos lleva sólo ocho añitos a Leti y a mí. Con el tío Dany es con quien más
jugamos Leti y yo. Es el que más nos entiende.
La nona hace su
eléctrica aparición. Corre, se frena, prepara algo, va de aquí para allá.
Vuela. La súper nona se la pasa haciendo cosas. Se debe cansar, pobre. Será por
eso que duerme siempre la siesta y sus ojitos se le cierran en forma automática
a las diez de la noche. Hasta yo te duro despierto media horita más. Pero,
claro, yo no hago tantas cosas durante el día.
José, el tercero de
los hijos de los nonos, escucha muy serio a su papá. José es mi padrino y por
lo tanto mi preferido. A José lo respeto mucho y cada vez que abre la boca tomo
nota. José es grandote y cabezón. Yo soy sólo cabezón. Quizá de grande logre
ser grandote. Ojalá.
Mi hermanito menor
Martín y mi primita Silvi, hermanita menor de Leti, duermen en una de las
piezas. Mi tío Miguel, esposo de Dely, le comenta algo a mi viejo Alfonso, que
se encuentra cerca de José.
De pronto, Juan
irrumpe en la escena. El tío Juan, el cuarto hijo de los nonos, abre de golpe
la puerta que da al patio y hace como que asusta al tío Dany. Al toque tira un
chiste que no logro entender y todos los grandes se mueren de la risa. Juan
siempre hace reír a todos con chistes que a veces entiendo y otras veces no.
Cuando sea grande quiero hacer reír a todos como lo hace el tío Juan. Y también
quiero entender todos sus chistes.
La nona le pone los
puntos a Juan, que al parecer ya se pasó de rosca. Le pide que pare un poquito
y haga unas compras. Juan le advierte que no queda tanto papel como para anotar
tantas compras que hay que hacer. José sale disparado del living y enseguida vuelve
con el papel higiénico en la mano. Se lo da a Juan y creo que le dice algo así
como “escribí acá, andá a hacer las compras y dejate de joder”. Yo me cago de
risa por la ocurrencia de mi padrino y la miro a Leti, que continúa en brazos
de mi vieja. Leti sonríe por primera vez en el día.
La nona se agarra la
cabeza, le da a Juan una birome y un papel blanco gigante, y le dicta todo lo
que se necesita para que vaya y lo compre. Yo todavía me río. El nono hace un
comentario sobre mi risa y todos estallan en carcajadas. Juan se va a hacer las
compras cantando en algo que parece italiano y eso provoca que me ría cada vez
más. No, no puedo parar de reír. ¡No puedo! ¡Hasta empecé a toser! Mi vieja me
pide que pare un poquito, que ya está. Obedezco como puedo. El nono, retomando
la anécdota que venía contando, vuelve a ser el centro de atención. Algún día
alguien me relatará todas estas historias que el nono siempre cuenta, ¡deben
estar buenísimas!
La nona pasa cerca
de mí, me da dos suaves palmaditas en la cabeza y, en simultáneo, me regala una
sonrisa, pequeña, sutil, como sabia.
“Ay, Pablito, Pablito”, me dice,
y yo sonrío al recibir su mimo. A continuación, disparada cual súper nona, se
desplaza en forma veloz hacia otra parte de la casa, en busca de vaya uno a
saber qué.
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